jueves, 7 de febrero de 2013

Intuiciones bizantinas


Confieso que soy cobarde para escribir. Me resulta demasiado grave como para tomarse tan a la ligera. Cómo no temerle a la escritura que todo lo fija. Tendríamos que ser demasiado ingenuos para creer que lo que escribimos quedará exento de caducidad, en ese espacio tan reducido en donde habitan las verdades y certezas. Eso es lo que me atemoriza. Me aterra pensar que lo que escriba hoy me parecerá absurdo a la primera relectura. La mayoría de las veces me muevo a tientas sobre el teclado o el cuaderno, con la cautela de un ciego que avanza por un espacio que no conoce pero que percibe o intuye, aguzando el oído para cerciorarse, en la medida de lo posible, que eso que intuye no es un engaño, que no da pasos de fe en el vacío.
Escribo y reescribo, tacho palabras y frases hasta encontrar las menos lapidarias, las superficies menos firmes, las que difícilmente pueden calificar como verdades absolutas o certezas inamovibles en el discurso. Por esto mismo trato de no escribir a mano, pues un cuaderno grueso me resultaría insuficiente para esbozar apenas un párrafo, me causaría un tremendo remordimiento tanto desperdicio de hojas tachadas. Lo peor es que el temor a escribir verdades se vuelve muchas veces una pesadilla al releer el texto que, irónicamente, pareciera dictar cátedra desde la página blanca.
            Escribo temeroso porque temeroso me muevo por el mundo, porque lo pienso a tientas. Cada idea que surge en mi mente (o mejor dicho que anida, porque pensar la mente como un ojo de agua del que nacen las ideas me parece demasiado soberbio) es sopesada buscando defectos y virtudes como la fruta que se aprieta y se acaricia en el mercado para ver si está verde o madura. La pienso desde todos los ángulos que se me ocurren, esperando que encaje en una relojería argumental que al final resultará un adorno inservible en la vitrina. Intuyo que las ideas no son engranes que se correspondan funcionalmente, ni siquiera las ideas que pertenecen a un mismo campo semántico, nosotros las limamos de los cantos o las superficies para que más o menos trabajen adecuadamente por un tiempo, hasta que den de sí y terminen rompiéndose o rompiendo a las demás.
De pronto se me ocurre (soy un escritor de puras ocurrencias, porque no me interesa buscar la comprobación académica de lo escrito) que así es eso que llamamos pensamiento crítico. Pero inevitablemente dudo. ¿Qué es la crítica entonces? Y al pensar en la crítica es inevitable que me venga a la mente el término creación (en ambos casos, pienso en términos literarios). Y al hacerlo, pienso también en los innumerables pleitos entre “críticos” y “creadores” (así con comillas), y en las inabarcables certezas que defienden como propias unos y otros, como queriendo expropiar un terreno que por derecho le pertenece a ambos bandos. Cuál es el fin de esos pleitos maritales que no terminan por definir quién provee el gasto y quién compra el mandado. No es sino una impostura miope que no se da cuenta que tanto la crítica como la creación están ligadas y que son inseparables; que en ambos casos se trata de una forma de ver el mundo, y no de un exclusivo gremio artístico que se debe defender con pericia (o torpeza) burocrática, con el fin de mantener sin tacha la actividad defendida. Parece que la pureza de sangre gremial les resulta mucho más importante que la misma materia de la que están hechas unas y otras: la literatura (o eso que llamamos literatura).
            Qué es la crítica sino crear y resaltar redes comunicativas o interpretativas que antes eran imperceptibles. Qué es la creación sino la crítica y renovación de lo que nos rodea, expresada con un lenguaje determinado. Y mucho más. Porque intentar definir estas dos actividades me provoca cierto escozor, ya que al diseccionar algo tan complejo sólo se termina por mutilarlo. Presiento que en la medida en que una y otra logren mezclarse imperceptiblemente, y no simplemente trabajar como la maquinaria de un reloj, es que se volverán más enriquecedoras. Una y otra nos enseñan a ver más allá de los límites inevitables de la obra artística, se alimentan una a otra para hacerse más robustas y complejas. Una y otra son lo suficientemente abiertas para dejar que nos movamos con libertad crítica y creadora.
            Recuerdo cuando entré a la secundaria y los maestros de las distintas clases se presentaban ante el grupo, haciendo hincapié en la importancia de la materia que impartían; el de matemáticas declaraba arrogantemente que sin esa noble ciencia, ninguna de las demás disciplinas podría demostrar sus teorías; el de física argumentaba que las matemáticas eran sólo un instrumento que daba sentido a la verdadera explicación del mundo a través de la física; el de química decía que como todo estaba hecho de elementos químicos, la ciencia madre era el estudio de estos elementos; el de biología decía que en realidad lo que importaba era explicar cómo el hombre se desarrolló y se volvió capaz de crear las otras ciencias; el de español decía que nada podría ser inteligible o explicable si no entendíamos que el lenguaje era la llave que nos abría el mundo, etc. Al final del primer día, los alumnos inocentes nos quedábamos con una visión del conocimiento limitada por el horario de las clases. Las certezas y verdades suelen provocar eso: límites y fronteras que reducen todo a silogismos y cuadros sinópticos. Y aunque uno quisiera transitar libremente entre lo que aquellas fronteras separan, a la larga nos topamos con límites que simplemente son insalvables por excluyentes.
Con el ejercicio de la crítica y de la creación pasa lo mismo. No es difícil llegar al punto en el que la liturgia de ambos oficiantes se vuelve irreconciliable. Y no hay nada de malo en ello, el problema está en tratar de calificarlas para saber cuál es más artística o más intelectual, o cuál es más importante. Peor aún, cuando unos y otros se esfuerzan por maquillarlas con los afeites de la otra y obligarlas a actuar como lo que no son. No se trata de ajustarlas, limando aquí y allá, en un canto o en una superficie, hasta crear una colaboración mecanizada y forzosa, sino de aceptar las ventajas y desventajas de cada una de ellas y aceptarlas como se aceptan los ronquidos de la persona con quien se comparte el lecho. Porque al final se trata de eso que amamos y cultivamos con el cuidado del miniaturista, de eso que llamamos literatura.
Un renombrado escritor decía que él se desayunaba a sus críticos. La frase además de arrogante me resulta de una inmadurez escritural del tamaño de una catedral. Enojarse con la crítica es una pérdida de tiempo, en lugar de eso, deberían enfadarse con la propia falta de pericia creativa o técnica para expresar algo. En lugar de manducarse a sus críticos, Fuentes (ups, se me escapó) debió reflexionar sobre su quehacer creador de los últimos 20 años, cuando menos, y darse cuenta que estaba chocheando literariamente.  Lo mismo pasa cuando un crítico se ofende porque a sus textos los califican de académicos o puntillosos. Sin caer en psicología de salón de belleza, pareciera que tanto críticos como creadores buscan la aceptación del bando contrario, aunque lo nieguen, y de ahí su enojo al no tenerlo. En cualquier caso, la respuesta del agraviado termina en un “este hombre no entendió mi obra”, o un lugar común como  el “qué idea tan peregrina”.
Yo mismo he caído en la impostura de cada bando, vituperando al otro, defendiendo al compadre, titubeando entre ambos lados de la escritura, acaso intentando unirlos sin saberlo, reproduciendo en la cobarde escritura mi andar a tientas por la literatura, con la intuición del ciego que camina por el mundo, aguzando el oído para no perderse.

martes, 28 de agosto de 2012

El muro de las lamentaciones



He desarrollado una manía desde que mi estudio empezó a tomar forma, consiste en sentarme casi todas las noches frente al gran librero que descansa (a veces pienso que sostiene) en la pared oriental de la habitación. Aunque debo matizar esta oración, porque ni es un gran librero ni tampoco está en un estudio: es apenas un mueble que alberga menos de un millar de tomos, dentro de un cuarto con un sillón y un par de mesas plegables que nadie ocupa; se trata, pues, de un cuarto de tiliches, tiliches literarios. Ese librero es mi propio muro de las lamentaciones. Está ahí para recordarme mi condición de vencido, lo que queda de un sueño de divinidades ausentes. Aunque es también el vestigio de un pacto hecho desde el momento mismo en que comencé a edificarlo. En ocasiones se muestra tan alto, tan infinito; otras simplemente está ahí como cualquier otra cosa de mi entorno, dotado de tanta indiferencia como el sillón desde donde lo contemplo.
Cierro los ojos y pienso que todos esos libros significan algo, pero no sé qué. Leídos o no, suponen algo muy mío pero que no alcanzo a definir. Seguramente si un extraño revisara detenidamente el contenido de este muro podría dotarlo de ese significado que se me escapa, descubriría, en el ordenamiento y clasificación de los tomos, una neurosis muy particular; o mi falta de competencia lingüística de otras lenguas en las numerosas traducciones que lo habitan; y sólo acaso descubriría el porqué de los juguetes que pueblan algunas de las repisas, custodiando los libros en el filo del tablón.
Me resulta inevitable contemplar cada repisa como nichos inalcanzables, poblados por dioses construidos de celulosa y tinta, ceñidos en cartoncillo o cartulina sulfatada, ausentes de movimiento que me miran desde su pequeña patria con ojos de fuego y dedos acusadores, que me reprenden con una voz monótona como letanía. Otras veces, simplemente son muertos que conversan y ríen, reímos ante los hallazgos que de tan evidentes resultan milagrosos. A veces basta con mirar el lomo para recordar esas voces milagrosas que levantan muertos, que cierran fauces y que apagan o avivan fuegos.
Confieso que nombrarlo muro de lamentaciones puede parecer dramático. Lo es. Pero cómo podría resistir el peso de la visión de este muro inabarcable para la mirada, para la mía al menos, sin tirarme al drama. Sin embargo, el nombre a la vez me resulta apropiado dado que este muro es un recordatorio de una lucha con todo lo que contiene y significa, con aquello que anhelamos y que no conseguimos aprehender; de la misma forma en que Jacobo luchó con un ángel hasta el alba y salió con el muslo descoyuntado. Es un recordatorio también de ese último bastión en pie que re significa cada uno de mis pasos por el mundanal ruido. Porque a estas alturas del texto, puedo confesar sin pudor que la literatura es parte importantísima de mi vida, aun a pesar de la continua lucha que supone mi convivencia con ella, aun a pesar de haber obtenido de ella nada más que el descoyuntamiento de mi propia visión de mundo. Cada vez que entro ahí, de alguna forma salgo cojeando, ya sea porque me doy cuenta que me falta mucho por leer o por lo romo que puede resultar mi entendimiento de eso que llamamos vida.
El Muro de las Lamentaciones, el original, significa la impotencia del hombre frente al mundo, a su mundo, su ineficacia para entenderlo bajo sus propios parámetros, de ahí que acuda al muro, las ruinas que permanecen en pie, a buscar asideros metafísicos en donde alguna vez habitó lo divino. De la misma forma, ese muro en la pared oriental de mi estudio evoca la ineptitud para entender el mundo en el que vivo. Se convierte en un espejo de mis deficiencias y al mismo tiempo de mis alcances; porque también me muestra que a través del lenguaje puedo ver y escuchar cosas no vistas o escuchadas, cosas que sólo reflejadas en mi circunstancia personal de lector pueden suceder.
Muchas veces tomo de entre los grandes bloques de aire algún libro, lo leo con asombro, acumulando en los ojos tanta y tanta envidia, y me lamento. Repaso la marginalia y me doy cuenta de la torpeza de mis lecturas tempranas. Muchas veces me he sentido perdido entre tantos caracteres de imprenta, como si el contenido del libro diera fe de la fractalidad del muro laberíntico. Avanzo y llego a un callejón sin salida, regreso sobre mis huellas invisibles y recorro el mismo camino pero esta vez más despacio, con los ojos más abiertos hasta encontrar algo. Y no me molesta perderme entre tantas líneas, sino encontrarme atrapado y a ciegas.
Otras veces trato de recrear esos textos con mi propia voz, verso a verso; y me doy cuenta que mi voz no fue tensada para la poesía, su afinación está más cerca del sonido hueco de la queja y la plegaria. Pero de vez en cuando, logro escuchar la voz del que escribe, escondida entre los huecos de mis silencios. Esos silencios perfectamente afinados en los que resuena la música de las esferas. Mejor aún, es una voz que se empalma a la mía, que alcanza el tono, pero no el sonsonete, que mi voz no puede emitir. Escarbo con mi voz en el silencio hasta encontrar el sonido claro.
No hay fojas escritas entre las grietas del muro, no hay nada ahí que yo haya escrito, ni siquiera una oración o ruego. En cambio, hay decenas de hojas que conforman libros que no he leído y que posiblemente nunca llegue a leer. Es también un muro de imposibilidades. Un muro que nunca obtendrá el carácter de construcción terminada, siempre está en constante remodelación y ampliación a pesar de su fachada monolítica y estatuaria. Si uno se acerca a contemplarlo detalladamente, parecerá que está hecho de retazos. Las texturas son tan variadas como los colores. Y cada textura y color delinea y representa un poco lo que soy.
Muchas veces me he quedado ahí sentado, contemplando con una gran sonrisa ese muro blanco que yo mismo he edificado en 12 años, satisfecho de lo que he construido. A veces recuerdo cómo es que conseguí cada libro que descansa en las repisas, o cada libro que ya nunca pertenecerá a ese desfile de lomos porque se perdió en una mudanza o en las manos de algún amigo ingrato. Recuerdo que hace muchos años, cuando el muro constaba de una sola columna, soñé que, mientras dormía, se volcaba sobre mí con todo su contenido, y moría sepultado entre páginas y páginas impresas. No fue una pesadilla, acaso una premonición, un ruego.
El librero es mi muro de lamentaciones. Ese es mi gran problema. Un problema causado por la visión protestante del mundo en la que fui formado, en donde la palabra escrita es lo suficientemente infalible como para salvarnos o condenarnos, una sentencia de vida que no es modificable y que debe significar siempre lo verdadero. Cada línea impresa es para el protestante una metáfora del camino recto que debemos de llevar como individuos responsables del bienestar del mundo. Un camino que no acepta paradas contemplativas ni dobleces, una vida de sintaxis parca y objetiva que no admite interpretaciones alternas. De ahí la manía de dejarme vencer por esas palabras mentirosas que no llegan a ningún lado, aunque termine lamentándome cada noche frente al muro.

martes, 14 de agosto de 2012

De otro fue la palabra, antes que mía,


De otro fue la palabra, antes que mía,
que es el espejo de esta sombra y siente
el ruido, a este silencio, transparente;
la realidad, a esta fantasía.

Siento en la boca su substancia fría,
dura, enemiga de la voz y ausente;
poseída por otra diferente,
no estar, para esta sed, sino vacía.

Y aun esta sed que soy, obscura y vaga,
crece tras la otra sed, que no se apaga.
De avidez la avidez nutre su sombra

al hallarla en el ruido que la nombra
y en el oído oye crecer su hueco,
a sí mismo cavándose en el eco.

 Jorge Cuesta