martes, 7 de octubre de 2008

La crítica o el deseo


Toda renovación pretendida debe comenzar con una crítica de los valores establecidos vigentes; en lo político, en lo social, en lo cultural y en lo artístico todo nuevo movimiento siempre está precedido por una crítica al lenguaje y al discurso que predomina e intenta convencernos en ese momento de la efectividad de sus propias ideas. En la literatura específicamente sucede lo mismo, todas las corrientes o contracorrientes surgen a partir de la puesta en duda de las formas y usos del canon escritural en boga.
En el siglo XX si bien es cierto que más bien hay una asimilación en lugar de una negación, la actitud crítica permanece como hilo doctrinal en todas las formas o expresiones literarias de occidente. Proust, Kafka, Joyce, Robbe-Grillet, Perec, Broch, Faulkner, Rulfo, García Marquez, Dos Passos, Pound, Paz, Borges, Elliot, etcétera; plantean su obra desde el punto central de la literatura: la crítica, no sólo social o cultural, sino desde el lugar neurálgico de la literatura misma, es decir, el lenguaje.
Es en este sentido que la obra de Elfriede Jelinek sobresale a finales de la centuria. Su novela Deseo no tiene una gran historia, de muchos personajes o de complejas situaciones anecdóticas, pero la estructura de la novela, la forma en cómo está contada y la materia de la que está hecha son las que provocan en el lector reacciones que pocas veces se suscitan al leer un texto.
Sin embargo, la crítica de Jelinek en su novela se extiende a lo social, a lo político, a lo económico y a lo cultural recorriendo sigilosamente, a veces escandalosamente, cada aspecto de la vida humana, haciendo una concienzuda parada por la sexualidad. Muchas mujeres se quejan porque los hombres sólo piensan en sexo, pero no se dan cuenta de que para ellos no hay otra cosa en qué pensar, Jelinek advierte muy bien esta característica masculina y la explota de forma magistral. La crítica de Jelinek surge desde el sexo hacia el exterior para regresar de nuevo a la sexualidad humana cargada ya de todas las significaciones del mundo exterior y de ciertas formas ajenas a él. La crítica se amalgama de tal forma al lenguaje en la novela de Jelinek que se vuelven inseparables para que juntos como una sola cosa, construyan una realidad sórdida que de momento nos parece irreal, totalmente cuestionable pero que nos constriñe en algún punto de la conciencia.
Es interesante detenernos en el aspecto central de la novela: la sexualidad. Jelinek ejerce una mordaz crítica a partir de las relaciones intimas de una pareja; parte de lo totalmente privado y comienza a escalar cada estructura o institución social hasta llegar a un punto en que todo confluye: política, economía, sicología etc. Desnuda a través de las prácticas sexuales de un matrimonio acomodado de una sociedad burguesa cada resquicio del corazón del hombre, no hay nada oculto que no haya de ser manifestado. Jelinek toma de pretexto el deseo sexual del hombre para mostrarnos que, en realidad, todos somos objetos de deseo y sujetos que desean, todos somos victimas de una condición humana ineludible y victimarios encarnados de sujetos que pertenecen a esa misma condición.
El lugar desde el que Jelinek despoja al género humano de toda humanidad es la sexualidad. El acto sexual es para los hombres signo de intimidad, de comunión, de religión en el sentido de estar ligado a alguien, de pertenecerle y que nos pertenezca. La relación coital está supeditada al placer físico y emocional del hombre, al menos en un contexto general y bastante común. A la vez que se desea y se ejerce voluntad sobre otro ser de las mismas capacidades, también hay un deseo de abandono total al otro. Ahora, esta actividad tan gratificante y necesaria siempre ha estado marcada por diversos tópicos literarios, la mayoría de las veces de carácter estético positivo, aunque hay que decir que no faltan ejemplos de literatura que ejemplifiquen lo contrario, es decir, lo grotesco y lo "alternativo". El asunto se idealizó a través de la literatura, el cine, la pintura y la escultura de tal modo que se volvió el sueño de todo hombre. Jelinek subvierte totalmente esos valores, tanto los positivos idealizados como los absurdamente negativos, la autora los trivializa y los dota de una carga significativa de cotidianidad que despoja al sexo de cualquier encanto y lo rebaja al nivel de cualquier actividad o deber marital y social, al punto de la simple negociación conyugal. Las metáforas y comparaciones que Jelinek utiliza para hacer referencia al coito son sorprendentes no por su belleza, sino por el ingenio con el que están construidas, son imprevistas, totalmente iconoclastas.
El narrador o los narradores de pronto carecen de todo juicio valorativo, y de pronto son duros contra ciertos aspectos éticos como la presión del Director de la fábrica de papel sobre sus empleados, o el sistema capitalista en que están sumergidos los habitantes del pueblo. Pero siempre ahoga la posibilidad de queja de sus personajes. El deseo de cada uno de ellos los obliga a ser permisibles con su medio. La mujer aguanta las violaciones de su marido porque le compra cosas nuevas cada vez; el niño aguanta y a veces hasta participa del espectáculo sexual de los padres para que lo llenen de juguetes y artículos para los deportes sobre nieve, y así cada uno de ellos en menor o mayor medida dejan que su libertad sea traspasada a cambio del cumplimiento de sus deseos.
La crítica de Jelinek a nuestra condición actual se asoma por todas partes, se desliza sobre el lenguaje y se vierte sobre el género mismo. Porque la novela de Jelinek no sólo es una de denuncia social, política o cultural, es también una denuncia por sí misma a las viejas formas de hacer novelas, y eso creo es el mayor acierto del libro. En el aspecto estructural es una novela bastante compleja que le exige al lector romper sus fortalezas mentales y sus prejuicios al momento de acercarse al texto, nos obliga a dejar las viejas formas de leer y entender una obra, para acercarnos a una visión más abierta y de mayor calidad subjetiva. La autora nos muestra sus cartas como si nos mostrara su sexo, no le importa exhibirse ni desmitificar el género de escritura con tal de renovarlo. Ella niega y a la vez asimila la tradición literaria que la precede, va más allá de la negación y de la asimilación de influencias literarias, aunque eso no quiere decir que no las tenga, y propone la fragmentación y la multiplicidad, que parten de la asimilación y de la negación, de todos los elementos del género que aborda. La novela agoniza con gran vitalidad para entregarnos una clase de vástago deforme que se adecua muy bien a los tiempos que vivimos. Jelinek critica y desea, no deja de lado una para asumir la otra; no, las vuelve un solo elemento para ejercer libremente su personalidad y su genio en una tradición canónica que al trazar los derroteros aceptables impedía que se juntaran.