martes, 11 de noviembre de 2008

Carlos Fuentes: 80 años


Escribir sobre Carlos Fuentes en este mes en que se celebra un homenaje nacional por sus 80 años es prácticamente inevitable. En las mesas de novedades de las librerías veo su nombre, en los estantes de revistas encuentro su foto, en la televisión su mano con el dedo índice deformado sobre un icónico teclado de máquina de escribir casi me señala. Así que cediendo al ineludible lugar común del mes en materia literaria me propongo escribir unas enjutas líneas sobre Fuentes.
En primer lugar he de decir que debo a uno de sus libros mi total afición y luego la decidida profesionalización en la literatura. Carlos Fuentes me parece más que un escritor cosmopolita que integra las estrategias narrativas más modernas de la mitad del siglo; es más que un personaje que no conoce la mesura al hablar de temas políticos; es mucho más que uno de los escritores más importantes vivos del México actual. Es el modelo de escritor que se atreve, como diría Faulkner, a fracasar en el intento de escribir novelas, y paradójicamente, al igual que Faulkner, logra escribir obras maestras dignas de la envidia de cualquier joven o experimentado escritor, así como otras dignas del olvido más infalible. No tiene miedo a la crítica al publicar cada nueva obra, sino que alimenta su ferocidad con la altanería de quien asume su talento con orgullo. No teme seguir derroteros ya manoseados o abandonados por otros escritores, y pienso en Los cuadernos de Aspern, Tristram Shandy, Manhattan Transfer o la Celestina y Don Quijote; no teme retomar su propia obra y sumergirse hasta las últimas consecuencias aunque éstas lleven el ridículo de por medio.
Carlos Fuentes y su obra se revelan como el ejercicio mismo de la escritura: palabras a un tiempo prístinas y turbias, hinchadas de significado pero llenas de significante común, destellos que se asoman de un mar turbio y verdoso para decirnos sólo eso: palabras, escritura.

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