viernes, 11 de septiembre de 2009

Molino de palabras


Acabo de releer, en el reverso de una de estas hojas recicladas en que escribo el borrador de este texto la interminable lista de molinos que aturden la lectura de “Altazor” de Huidobro; versos-aspas que giran interminablemente hasta perder todo sentido. Giran y giran para desnudarse de ese significado facilón al que estamos acostumbrados, para que a partir de esa des-articulación lingüística se nos revele uno nuevo. Detrás de esos molinos verbales sólo existe un vacio provocado por el uso cotidiano de las palabras, de pronto ya no hay lenguaje ni palabras ni sonidos que expliquen las cosas, porque el lenguaje no dice nada por sí mismo, es sólo una sucesión de sonidos convenientemente ordenados a los que endilgamos milagros o algún significado que tarde o temprano todos aceptamos. Y esa convención en el significado y en la forma es en realidad una metáfora, una forma de explicar miles de características con una palabra nueva que las agrupa, el lenguaje es una gran metáfora compuesta de miles de metáforas.
Cuantos de nosotros no hemos repetido una palabra cientos de veces hasta que de pronto, como por una clase de sortilegio ésta pierde toda significación; la azotamos con nuestra voz hasta que queda exhausta y vacía de toda identidad y sentido; y sólo basta un recuerdo, una vivencia o una contextualización para que resucite llena de vida y de cosas por decirnos.
El lenguaje claro y llano puede ser muy útil para describir mesas, sillas, ciudades no invisibles o galaxias enteras; o para narrar acciones que ejecutan los sujetos sobre los objetos; pero el ser humano es mas que carne y huesos y palabritas que traten de explicarlo; necesita echar mano de ese lenguaje extraño que se subvierte a sí mismo para explicar y sentir lo que una simple convención no puede hacer. Detrás de cada ídolo hay un demonio que ata a los individuos, pero detrás de cada objeto hay una palabra y detrás de ésta otra y otra y otra palabra más que nos liberan siempre de la relación monótona de univocidad lingüística.
La metáfora se esconde de aquellos individuos que solo ven agua en el agua y vino en el vino. Pero a otros les grita para que la descubran. Ella está siempre ahí, latente, esperando surgir de un océano de seres primigenios vistos por primera vez.
El hombre es lenguaje y poesía, dice Octavio Paz en tantos ensayos, sí, pero yo creo que es mucho más; estos sólo expresan una limitada parte de la totalidad de un ser que necesita saberse creador constante de objetos reales o aunque sea lingüísticos que expliquen a los reales y a sí mismo.
No siempre la línea recta en el camino comunicativo es la mejor y la más eficaz, sí es la más rápida, pero ¿quién dijo que lo rápido es lo más disfrutable? Y si es cierto que una rosa es una rosa es una rosa según Stein, también es la rosa increada, metafísica de la moldura del oído villaurrutiana.

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