martes, 22 de septiembre de 2009

Flores o la estética envenenada


Las flores se han convertido con el paso del tiempo en el significante de la belleza física y metafísica del mundo, y aun más: representan una herramienta insustituible de seducción y contentamiento en nuestra educación sentimental; la encarnación de lo divino en un objeto efímero, totalmente corruptible; el catalizador de nuestros recuerdos mas sensuales y más lejanos. Pero esta metáfora moderna, como todo tópico literario (y uso el termino tópico literario como mera forma de descripción conceptual, sin ningún tinte peyorativo), está ya muy manoseada por la escritura y debe aniquilarse y renovarse cada cierto tiempo.
     La novela Flores de Mario Bellatin, subvierte esta asociación semántica y nos propone una estética alterna a través de varias historias que se entrecruzan, y que en apariencia carecen de un eje narrativo: no hay causa y efecto en estos sucesos, pero sí la invitación a contemplar, y acaso a reinventar cada capítulo.
     Cada sección lleva el nombre de una flor: rosas, orquídeas, claveles, cartuchos, tulipanes, etc. En ellas sólo se muestran determinadas imágenes que juntas conforman un todo: una naturaleza muerta en donde cada fragmento es el pétalo de un botón más grande. Detrás de la belleza de cada capullo se esconde la descomposición implícita en toda naturaleza: personajes marchitos de moral mutilada; escritores en busca de prácticas sexuales alternativas; mujeres que intentan desesperadamente convertirse en madres, motivadas por el sentimiento morboso que les provoca la deformidad de un niño; y un hombre al que le gusta relacionarse sexualmente con ancianos.
     Sin embargo, esta moral trastocada de los personajes provoca que los prejuicios del lector caigan en el vacío, porque en la novela no hay moral que resalte, o al menos no la que rige nuestro comportamiento, sino que está más allá de cualquier tipo de censura. Cada personaje ha sido marcado desde antes de nacer por la modernidad decadente que lo condena a vivir una vida desmembrada, pero que, al mismo tiempo, abre nuevas posibilidades de percepción y de placer.
      Pero, ¿qué hay detrás de esta estética en estado de putrefacción?
     Los individuos que en nuestra sociedad son rechazados por su apariencia externa tienen en la novela la capacidad de mostrar algo de belleza, una esperpéntica y convulsa, y es esto lo que nos inquieta. La deformidad se presenta como rasgo común de la sociedad actual: algunos lo son físicamente; otros, mentalmente; otros, emocionalmente. Mejor aún: no hay discriminación hacia ellos más que en los vagos recuerdos de infancia.
     La belleza de la novela es una mutación posmoderna que se plantea en formas estéticas alternativas, que se generan y rigen a sí mismas aunque esto conlleve la perversión radical del canon artístico. No sólo se trata de cierta degradación del concepto tradicional de lo bello, sino de la posibilidad de encontrar en cualquier parte del mundo, en lo terrible y en lo grotesco, un destello que nos asombre y obligue a mirarlo por hiriente que sea, “como si de la contemplación de una flor se tratara”.
     Flores reflexiona sobre la cuestión de la marginación de lo feo y lo anormal; y nos sumerge en un universo estético en el que la discapacidad física y moral está latente en todos y en todo tiempo. A lo largo de la narración existe un diálogo entre la belleza de la prosa y la monstruosidad de lo que se narra, entre nuestra mirada repulsiva y la mirada acostumbrada del narrador: una tensión constante que rebasa la página impresa y provoca una lucha entre la disolución moral de los personajes y nuestros prejuicios a punto de diluirse.
     El lector se siente perseguido y castigado por estas formas alternativas de pensar, actuar y sentir que nunca alteran la conciencia de los personajes. Las minorías repudiadas que se escondían en clósets y mezquitas se revelan en la historia como una parte casi necesaria e indisoluble de nuestra nueva concepción del mundo. “Lo anormal está llamado a convertirse en lo esperado” dice uno de los personajes de la historia.
     Flores se me presenta como una novela que indaga sobre la escritura misma, es una obra de estética envenenada que nos infecta con su idea turbia de belleza, rompe con cualquier posibilidad del canon novelesco tanto en lo formal como en el contenido; renueva el género con una potente dosis de ironía, y lo mete de lleno en la era posmoderna en donde todo, absolutamente todo, es aceptable.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Molino de palabras


Acabo de releer, en el reverso de una de estas hojas recicladas en que escribo el borrador de este texto la interminable lista de molinos que aturden la lectura de “Altazor” de Huidobro; versos-aspas que giran interminablemente hasta perder todo sentido. Giran y giran para desnudarse de ese significado facilón al que estamos acostumbrados, para que a partir de esa des-articulación lingüística se nos revele uno nuevo. Detrás de esos molinos verbales sólo existe un vacio provocado por el uso cotidiano de las palabras, de pronto ya no hay lenguaje ni palabras ni sonidos que expliquen las cosas, porque el lenguaje no dice nada por sí mismo, es sólo una sucesión de sonidos convenientemente ordenados a los que endilgamos milagros o algún significado que tarde o temprano todos aceptamos. Y esa convención en el significado y en la forma es en realidad una metáfora, una forma de explicar miles de características con una palabra nueva que las agrupa, el lenguaje es una gran metáfora compuesta de miles de metáforas.
Cuantos de nosotros no hemos repetido una palabra cientos de veces hasta que de pronto, como por una clase de sortilegio ésta pierde toda significación; la azotamos con nuestra voz hasta que queda exhausta y vacía de toda identidad y sentido; y sólo basta un recuerdo, una vivencia o una contextualización para que resucite llena de vida y de cosas por decirnos.
El lenguaje claro y llano puede ser muy útil para describir mesas, sillas, ciudades no invisibles o galaxias enteras; o para narrar acciones que ejecutan los sujetos sobre los objetos; pero el ser humano es mas que carne y huesos y palabritas que traten de explicarlo; necesita echar mano de ese lenguaje extraño que se subvierte a sí mismo para explicar y sentir lo que una simple convención no puede hacer. Detrás de cada ídolo hay un demonio que ata a los individuos, pero detrás de cada objeto hay una palabra y detrás de ésta otra y otra y otra palabra más que nos liberan siempre de la relación monótona de univocidad lingüística.
La metáfora se esconde de aquellos individuos que solo ven agua en el agua y vino en el vino. Pero a otros les grita para que la descubran. Ella está siempre ahí, latente, esperando surgir de un océano de seres primigenios vistos por primera vez.
El hombre es lenguaje y poesía, dice Octavio Paz en tantos ensayos, sí, pero yo creo que es mucho más; estos sólo expresan una limitada parte de la totalidad de un ser que necesita saberse creador constante de objetos reales o aunque sea lingüísticos que expliquen a los reales y a sí mismo.
No siempre la línea recta en el camino comunicativo es la mejor y la más eficaz, sí es la más rápida, pero ¿quién dijo que lo rápido es lo más disfrutable? Y si es cierto que una rosa es una rosa es una rosa según Stein, también es la rosa increada, metafísica de la moldura del oído villaurrutiana.