martes, 28 de agosto de 2012

El muro de las lamentaciones



He desarrollado una manía desde que mi estudio empezó a tomar forma, consiste en sentarme casi todas las noches frente al gran librero que descansa (a veces pienso que sostiene) en la pared oriental de la habitación. Aunque debo matizar esta oración, porque ni es un gran librero ni tampoco está en un estudio: es apenas un mueble que alberga menos de un millar de tomos, dentro de un cuarto con un sillón y un par de mesas plegables que nadie ocupa; se trata, pues, de un cuarto de tiliches, tiliches literarios. Ese librero es mi propio muro de las lamentaciones. Está ahí para recordarme mi condición de vencido, lo que queda de un sueño de divinidades ausentes. Aunque es también el vestigio de un pacto hecho desde el momento mismo en que comencé a edificarlo. En ocasiones se muestra tan alto, tan infinito; otras simplemente está ahí como cualquier otra cosa de mi entorno, dotado de tanta indiferencia como el sillón desde donde lo contemplo.
Cierro los ojos y pienso que todos esos libros significan algo, pero no sé qué. Leídos o no, suponen algo muy mío pero que no alcanzo a definir. Seguramente si un extraño revisara detenidamente el contenido de este muro podría dotarlo de ese significado que se me escapa, descubriría, en el ordenamiento y clasificación de los tomos, una neurosis muy particular; o mi falta de competencia lingüística de otras lenguas en las numerosas traducciones que lo habitan; y sólo acaso descubriría el porqué de los juguetes que pueblan algunas de las repisas, custodiando los libros en el filo del tablón.
Me resulta inevitable contemplar cada repisa como nichos inalcanzables, poblados por dioses construidos de celulosa y tinta, ceñidos en cartoncillo o cartulina sulfatada, ausentes de movimiento que me miran desde su pequeña patria con ojos de fuego y dedos acusadores, que me reprenden con una voz monótona como letanía. Otras veces, simplemente son muertos que conversan y ríen, reímos ante los hallazgos que de tan evidentes resultan milagrosos. A veces basta con mirar el lomo para recordar esas voces milagrosas que levantan muertos, que cierran fauces y que apagan o avivan fuegos.
Confieso que nombrarlo muro de lamentaciones puede parecer dramático. Lo es. Pero cómo podría resistir el peso de la visión de este muro inabarcable para la mirada, para la mía al menos, sin tirarme al drama. Sin embargo, el nombre a la vez me resulta apropiado dado que este muro es un recordatorio de una lucha con todo lo que contiene y significa, con aquello que anhelamos y que no conseguimos aprehender; de la misma forma en que Jacobo luchó con un ángel hasta el alba y salió con el muslo descoyuntado. Es un recordatorio también de ese último bastión en pie que re significa cada uno de mis pasos por el mundanal ruido. Porque a estas alturas del texto, puedo confesar sin pudor que la literatura es parte importantísima de mi vida, aun a pesar de la continua lucha que supone mi convivencia con ella, aun a pesar de haber obtenido de ella nada más que el descoyuntamiento de mi propia visión de mundo. Cada vez que entro ahí, de alguna forma salgo cojeando, ya sea porque me doy cuenta que me falta mucho por leer o por lo romo que puede resultar mi entendimiento de eso que llamamos vida.
El Muro de las Lamentaciones, el original, significa la impotencia del hombre frente al mundo, a su mundo, su ineficacia para entenderlo bajo sus propios parámetros, de ahí que acuda al muro, las ruinas que permanecen en pie, a buscar asideros metafísicos en donde alguna vez habitó lo divino. De la misma forma, ese muro en la pared oriental de mi estudio evoca la ineptitud para entender el mundo en el que vivo. Se convierte en un espejo de mis deficiencias y al mismo tiempo de mis alcances; porque también me muestra que a través del lenguaje puedo ver y escuchar cosas no vistas o escuchadas, cosas que sólo reflejadas en mi circunstancia personal de lector pueden suceder.
Muchas veces tomo de entre los grandes bloques de aire algún libro, lo leo con asombro, acumulando en los ojos tanta y tanta envidia, y me lamento. Repaso la marginalia y me doy cuenta de la torpeza de mis lecturas tempranas. Muchas veces me he sentido perdido entre tantos caracteres de imprenta, como si el contenido del libro diera fe de la fractalidad del muro laberíntico. Avanzo y llego a un callejón sin salida, regreso sobre mis huellas invisibles y recorro el mismo camino pero esta vez más despacio, con los ojos más abiertos hasta encontrar algo. Y no me molesta perderme entre tantas líneas, sino encontrarme atrapado y a ciegas.
Otras veces trato de recrear esos textos con mi propia voz, verso a verso; y me doy cuenta que mi voz no fue tensada para la poesía, su afinación está más cerca del sonido hueco de la queja y la plegaria. Pero de vez en cuando, logro escuchar la voz del que escribe, escondida entre los huecos de mis silencios. Esos silencios perfectamente afinados en los que resuena la música de las esferas. Mejor aún, es una voz que se empalma a la mía, que alcanza el tono, pero no el sonsonete, que mi voz no puede emitir. Escarbo con mi voz en el silencio hasta encontrar el sonido claro.
No hay fojas escritas entre las grietas del muro, no hay nada ahí que yo haya escrito, ni siquiera una oración o ruego. En cambio, hay decenas de hojas que conforman libros que no he leído y que posiblemente nunca llegue a leer. Es también un muro de imposibilidades. Un muro que nunca obtendrá el carácter de construcción terminada, siempre está en constante remodelación y ampliación a pesar de su fachada monolítica y estatuaria. Si uno se acerca a contemplarlo detalladamente, parecerá que está hecho de retazos. Las texturas son tan variadas como los colores. Y cada textura y color delinea y representa un poco lo que soy.
Muchas veces me he quedado ahí sentado, contemplando con una gran sonrisa ese muro blanco que yo mismo he edificado en 12 años, satisfecho de lo que he construido. A veces recuerdo cómo es que conseguí cada libro que descansa en las repisas, o cada libro que ya nunca pertenecerá a ese desfile de lomos porque se perdió en una mudanza o en las manos de algún amigo ingrato. Recuerdo que hace muchos años, cuando el muro constaba de una sola columna, soñé que, mientras dormía, se volcaba sobre mí con todo su contenido, y moría sepultado entre páginas y páginas impresas. No fue una pesadilla, acaso una premonición, un ruego.
El librero es mi muro de lamentaciones. Ese es mi gran problema. Un problema causado por la visión protestante del mundo en la que fui formado, en donde la palabra escrita es lo suficientemente infalible como para salvarnos o condenarnos, una sentencia de vida que no es modificable y que debe significar siempre lo verdadero. Cada línea impresa es para el protestante una metáfora del camino recto que debemos de llevar como individuos responsables del bienestar del mundo. Un camino que no acepta paradas contemplativas ni dobleces, una vida de sintaxis parca y objetiva que no admite interpretaciones alternas. De ahí la manía de dejarme vencer por esas palabras mentirosas que no llegan a ningún lado, aunque termine lamentándome cada noche frente al muro.

martes, 14 de agosto de 2012

De otro fue la palabra, antes que mía,


De otro fue la palabra, antes que mía,
que es el espejo de esta sombra y siente
el ruido, a este silencio, transparente;
la realidad, a esta fantasía.

Siento en la boca su substancia fría,
dura, enemiga de la voz y ausente;
poseída por otra diferente,
no estar, para esta sed, sino vacía.

Y aun esta sed que soy, obscura y vaga,
crece tras la otra sed, que no se apaga.
De avidez la avidez nutre su sombra

al hallarla en el ruido que la nombra
y en el oído oye crecer su hueco,
a sí mismo cavándose en el eco.

 Jorge Cuesta

jueves, 26 de julio de 2012

Un lugar común sobre Faulkner



Hace unos días asistí a una breve conferencia sobre el aniversario luctuoso de William Faulkner, que este año llega al medio siglo. Durante el trayecto de regreso estuve pensando lo difícil que debe ser estar en una situación como la de los ponentes. Leer a Faulkner y hablar o escribir sobre él supone un reto grande en muchos aspectos, aunque esto es mucho decir: en realidad, no hay nada que marque canónicamente en qué consiste la dificultad de una lectura, cualquier autor puede resultar fácil o difícil en relación al lector, de la misma forma en que una lengua puede resultar fácil o difícil de aprender para un hablante. En ese sentido, Faulkner podría resultar fácil para alguien más, alguien que no soy yo, por cierto. Pero ya es tópico de la crítica literaria afirmar que su lectura es difícil. Recuerdo que cuando entré a la universidad, pocos habían leído algo de él, otros ni siquiera conocían su nombre. Lo mismo cuando entré a la facultad de letras, pero eso no dice nada más que el grupo de personas a mí alrededor era bastante sectario en sus lecturas. A mí eso me resultaba inconcebible dado que la literatura latinoamericana, para tropezar con el lugar común una vez más, le debe muchísimo a Faulkner. Pero regreso a la línea argumental.
Leer la obra de Faulkner no es tarea fácil (para mí), por aquello que todo mundo ya sabe sobre la obra de Faulkner: son confusas, trágicas, a veces melodramáticas, de un estilo complejo construido con interminables enunciados que se vuelven párrafos o páginas enteras, además de que la mayoría son obras extensas. Desde el hecho de decidir cuál leer entre tantas, puede resultar en una gran decepción si no se escoge la indicada. Faulkner dijo casi al final de sus días, que la gente que quisiera leerlo debería empezar por Sartoris, un novelón de 400 páginas. Pero habría que ser bastante ingenuo para creerle a una autor cualquier recomendación sobre su propia obra. Confieso que no he leído toda la obra de Faulkner, apenas unas 6 o 7 novelas y una tercia de cuentos. Acaso un poco más.
Dentro de la narrativa faulkneriana hay obras excepcionales como El ruido y la furia, Mientras agonizo o Las palmeras salvajes; pero también hay intentos fallidos, grandes construcciones de aliento casi épico que pareciera quedaron a medias en la confección como Una fábula o El Villorrio. Pero esto todo mundo ya lo sabe, es un lugar común más. Alguna vez leí que Faulkner está mucho más cerca de la literatura latinoamericana que de la norteamericana por su tono de fracaso constante. Creo que es una afirmación arriesgada, aunque si se toma superficialmente puede resultar cierta. Aquí es inevitable caer en la comparación que siempre se ha hecho entre Faulkner y Hemingway, pareciera que uno de estos dos no puede salir en la plática sin arrastrar al otro. Ante el derrotismo trágico en Faulkner siempre se pone como medida la lucha constante en Hemingway; si uno nos esconde la superficie del iceberg bajo el agua, el otro se encarga de mostrarnos sin pudor hasta el mínimo rizo en el flujo de conciencia. Ante esta comparación siempre he pensado que sería genial poner a estos dos en un cuadrilátero para que resolvieran de una vez por todas cualquier diferencia. Desde luego que Hemingway ganaría, pero estoy seguro que la derrota de Faulkner sería igual de épica. No puedo evitar imaginar a Hemingway subiendo al ring como todo un campeón del pugilismo, con ese cuerpo robusto y tupido de vello, pero boquiabierto al ver a un Faulkner esperándolo en el ring descalzo, vestido de frac y con sombrero de copa. Ambos ahogados de borrachos. Otro lugar común.
Pero leer a Faulkner puede resultar menos complicado si por casualidad se ha tomado la ruta correcta. Desde nuestra latitud literaria es más fácil llegar a Faulkner si previamente hemos hecho escala en Onetti, Fuentes, Lowry o Rulfo, que si las hacemos en Twain, Melville o el mismo Hemingway.
Algo que podría resultar paradójico es que para leer las derrotas faulknerianas se necesita la tenacidad y el empeño de un campeón hermingwayano. Sobre todo cuando el inicio de una obra es tan caótico y hermético como en El ruido y la furia o tan confuso como Santuario. Es eso, o yo soy un pésimo lector. En este sentido aplica lo que Faulkner decía de sus lectores más torpes: si no te fueron suficientes tres lecturas para entender, empieza una cuarta o una quinta. Con todos los libros que he leído de Faulkner me ha sucedido lo mismo, los he tenido que iniciar varias veces antes de poder leerlos hasta la línea final. En ocasiones, leer a Faulkner es tan sedante como leer las genealogías de los libros del Antiguo Testamento. Faulkner decía que para leer a Joyce uno necesita la fe del bautista que se acerca a las sagradas escrituras, y en cierto aspecto pasa lo mismo con él, aunque yo agregaría que además de la fe, se necesita también la diligencia del metodista. Los flujos de conciencia faulknerianos no son cosa fácil, seguir las asociaciones mediante las cuales construye la narración, es como rastrear una serpiente entre las rocas, simplemente no hay pistas ni huellas a la vista. Aunque uno llegue al final del camino que supone el punto final del libro, se da cuenta que no ha conseguido atrapar nada sino el fracaso, es la atracción que ejerce el abismo de la derrota, una suerte de vértigo trágico que nos llama en lo alto de la montaña, o del iceberg si se quiere, para contemplar la masa absoluta de aquello que nos ha hecho desplomarnos al vacío.
En alguna ocasión escuché a un profesor decir que para leer y entender Bajo el volcán de Malcolm Lowry se debía estar borracho de mezcal. Una gran idiotez, lo sé. Pero para entender a Faulkner no se necesita estar ebrio de whisky, la misma derrota de la lectura nos llevará sin dificultad a la botella. Esto explicaría la tonta sentencia sobre Lowry: ese lector nunca lo entendió. La prosa faulkneriana tiene el mismo efecto que la detonación de un arma de fuego: nos aturde en el silencio de un zumbido interno, nos hace caminar a tumbos por la prosa llena de nombres iguales o saltos en el tiempo como si estuviéramos heridos con un perdigón como los que disparan sus propios personajes.
 Si leer a Faulkner supone un reto grande, escribir o hablar sobre él me parece un reto mucho mayor y más peligroso; porque si el reto de la lectura faulkneriana no se consigue, ya no digamos con éxito, sino con la austeridad mínima necesaria; entonces lo que se diga o escriba sobre Faulkner resultará un galimatías plagado de lugares comunes, interpretaciones erróneas y anécdotas biográficas. O bien, se puede aplicar la vieja estrategia del académico mañoso (y mediocre) que apenas comienza su ponencia, opta por desviarse del tema para terminar hablando de aquello de lo que siempre habla, aunque no tenga nada qué ver. Hablar de la obra faulkneriana supone el riesgo de caer en el lugar común o exhibirnos como malos lectores.
Pero el resultado de ese galimatías toca juzgarlo al lector, que a su vez se encontrará ante la dificultad de leer al que leyó a Faulkner, y con la doble dificultad de hablar o escribir sobre Faulkner y sobre lo que leyó o escuchó de aquél que leyó a Faulkner. Como sea, abordar ahora la dificultad que es escribir sobre Faulkner ya no tiene caso porque se acerca cada vez más el final de este texto plagado de lugares comunes y anécdotas biográficas que trata de aportar un par de fierros sobre lo que supone la lectura personal de la obra faulkneriana.

martes, 10 de julio de 2012

Escribir, escribir

¿Cómo retomar un espacio de escritura abandonado hace tanto tiempo?
Desde luego que la respuesta es escribiendo. Reconquistando ese espacio en blanco que nos da vértigo, poblándolo aquí y allá de pequeñas motas de polvo negro.
Es una tarea difícil. La escritura se descubre esclerótica, torpe para evadir los lugares comunes. Sin embargo, escribo, escribo.
De eso se trata al fin y al cabo: escribir.