jueves, 26 de julio de 2012

Un lugar común sobre Faulkner



Hace unos días asistí a una breve conferencia sobre el aniversario luctuoso de William Faulkner, que este año llega al medio siglo. Durante el trayecto de regreso estuve pensando lo difícil que debe ser estar en una situación como la de los ponentes. Leer a Faulkner y hablar o escribir sobre él supone un reto grande en muchos aspectos, aunque esto es mucho decir: en realidad, no hay nada que marque canónicamente en qué consiste la dificultad de una lectura, cualquier autor puede resultar fácil o difícil en relación al lector, de la misma forma en que una lengua puede resultar fácil o difícil de aprender para un hablante. En ese sentido, Faulkner podría resultar fácil para alguien más, alguien que no soy yo, por cierto. Pero ya es tópico de la crítica literaria afirmar que su lectura es difícil. Recuerdo que cuando entré a la universidad, pocos habían leído algo de él, otros ni siquiera conocían su nombre. Lo mismo cuando entré a la facultad de letras, pero eso no dice nada más que el grupo de personas a mí alrededor era bastante sectario en sus lecturas. A mí eso me resultaba inconcebible dado que la literatura latinoamericana, para tropezar con el lugar común una vez más, le debe muchísimo a Faulkner. Pero regreso a la línea argumental.
Leer la obra de Faulkner no es tarea fácil (para mí), por aquello que todo mundo ya sabe sobre la obra de Faulkner: son confusas, trágicas, a veces melodramáticas, de un estilo complejo construido con interminables enunciados que se vuelven párrafos o páginas enteras, además de que la mayoría son obras extensas. Desde el hecho de decidir cuál leer entre tantas, puede resultar en una gran decepción si no se escoge la indicada. Faulkner dijo casi al final de sus días, que la gente que quisiera leerlo debería empezar por Sartoris, un novelón de 400 páginas. Pero habría que ser bastante ingenuo para creerle a una autor cualquier recomendación sobre su propia obra. Confieso que no he leído toda la obra de Faulkner, apenas unas 6 o 7 novelas y una tercia de cuentos. Acaso un poco más.
Dentro de la narrativa faulkneriana hay obras excepcionales como El ruido y la furia, Mientras agonizo o Las palmeras salvajes; pero también hay intentos fallidos, grandes construcciones de aliento casi épico que pareciera quedaron a medias en la confección como Una fábula o El Villorrio. Pero esto todo mundo ya lo sabe, es un lugar común más. Alguna vez leí que Faulkner está mucho más cerca de la literatura latinoamericana que de la norteamericana por su tono de fracaso constante. Creo que es una afirmación arriesgada, aunque si se toma superficialmente puede resultar cierta. Aquí es inevitable caer en la comparación que siempre se ha hecho entre Faulkner y Hemingway, pareciera que uno de estos dos no puede salir en la plática sin arrastrar al otro. Ante el derrotismo trágico en Faulkner siempre se pone como medida la lucha constante en Hemingway; si uno nos esconde la superficie del iceberg bajo el agua, el otro se encarga de mostrarnos sin pudor hasta el mínimo rizo en el flujo de conciencia. Ante esta comparación siempre he pensado que sería genial poner a estos dos en un cuadrilátero para que resolvieran de una vez por todas cualquier diferencia. Desde luego que Hemingway ganaría, pero estoy seguro que la derrota de Faulkner sería igual de épica. No puedo evitar imaginar a Hemingway subiendo al ring como todo un campeón del pugilismo, con ese cuerpo robusto y tupido de vello, pero boquiabierto al ver a un Faulkner esperándolo en el ring descalzo, vestido de frac y con sombrero de copa. Ambos ahogados de borrachos. Otro lugar común.
Pero leer a Faulkner puede resultar menos complicado si por casualidad se ha tomado la ruta correcta. Desde nuestra latitud literaria es más fácil llegar a Faulkner si previamente hemos hecho escala en Onetti, Fuentes, Lowry o Rulfo, que si las hacemos en Twain, Melville o el mismo Hemingway.
Algo que podría resultar paradójico es que para leer las derrotas faulknerianas se necesita la tenacidad y el empeño de un campeón hermingwayano. Sobre todo cuando el inicio de una obra es tan caótico y hermético como en El ruido y la furia o tan confuso como Santuario. Es eso, o yo soy un pésimo lector. En este sentido aplica lo que Faulkner decía de sus lectores más torpes: si no te fueron suficientes tres lecturas para entender, empieza una cuarta o una quinta. Con todos los libros que he leído de Faulkner me ha sucedido lo mismo, los he tenido que iniciar varias veces antes de poder leerlos hasta la línea final. En ocasiones, leer a Faulkner es tan sedante como leer las genealogías de los libros del Antiguo Testamento. Faulkner decía que para leer a Joyce uno necesita la fe del bautista que se acerca a las sagradas escrituras, y en cierto aspecto pasa lo mismo con él, aunque yo agregaría que además de la fe, se necesita también la diligencia del metodista. Los flujos de conciencia faulknerianos no son cosa fácil, seguir las asociaciones mediante las cuales construye la narración, es como rastrear una serpiente entre las rocas, simplemente no hay pistas ni huellas a la vista. Aunque uno llegue al final del camino que supone el punto final del libro, se da cuenta que no ha conseguido atrapar nada sino el fracaso, es la atracción que ejerce el abismo de la derrota, una suerte de vértigo trágico que nos llama en lo alto de la montaña, o del iceberg si se quiere, para contemplar la masa absoluta de aquello que nos ha hecho desplomarnos al vacío.
En alguna ocasión escuché a un profesor decir que para leer y entender Bajo el volcán de Malcolm Lowry se debía estar borracho de mezcal. Una gran idiotez, lo sé. Pero para entender a Faulkner no se necesita estar ebrio de whisky, la misma derrota de la lectura nos llevará sin dificultad a la botella. Esto explicaría la tonta sentencia sobre Lowry: ese lector nunca lo entendió. La prosa faulkneriana tiene el mismo efecto que la detonación de un arma de fuego: nos aturde en el silencio de un zumbido interno, nos hace caminar a tumbos por la prosa llena de nombres iguales o saltos en el tiempo como si estuviéramos heridos con un perdigón como los que disparan sus propios personajes.
 Si leer a Faulkner supone un reto grande, escribir o hablar sobre él me parece un reto mucho mayor y más peligroso; porque si el reto de la lectura faulkneriana no se consigue, ya no digamos con éxito, sino con la austeridad mínima necesaria; entonces lo que se diga o escriba sobre Faulkner resultará un galimatías plagado de lugares comunes, interpretaciones erróneas y anécdotas biográficas. O bien, se puede aplicar la vieja estrategia del académico mañoso (y mediocre) que apenas comienza su ponencia, opta por desviarse del tema para terminar hablando de aquello de lo que siempre habla, aunque no tenga nada qué ver. Hablar de la obra faulkneriana supone el riesgo de caer en el lugar común o exhibirnos como malos lectores.
Pero el resultado de ese galimatías toca juzgarlo al lector, que a su vez se encontrará ante la dificultad de leer al que leyó a Faulkner, y con la doble dificultad de hablar o escribir sobre Faulkner y sobre lo que leyó o escuchó de aquél que leyó a Faulkner. Como sea, abordar ahora la dificultad que es escribir sobre Faulkner ya no tiene caso porque se acerca cada vez más el final de este texto plagado de lugares comunes y anécdotas biográficas que trata de aportar un par de fierros sobre lo que supone la lectura personal de la obra faulkneriana.

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