He
desarrollado una manía desde que mi estudio empezó a tomar forma, consiste en
sentarme casi todas las noches frente al gran librero que descansa (a veces
pienso que sostiene) en la pared oriental de la habitación. Aunque debo matizar
esta oración, porque ni es un gran librero ni tampoco está en un estudio:
es apenas un mueble que alberga menos de un millar de tomos, dentro de un
cuarto con un sillón y un par de mesas plegables que nadie ocupa; se trata,
pues, de un cuarto de tiliches, tiliches literarios. Ese librero es mi propio
muro de las lamentaciones. Está ahí para recordarme mi condición de vencido, lo
que queda de un sueño de divinidades ausentes. Aunque es también el vestigio de
un pacto hecho desde el momento mismo en que comencé a edificarlo. En ocasiones
se muestra tan alto, tan infinito; otras simplemente está ahí como cualquier
otra cosa de mi entorno, dotado de tanta indiferencia como el sillón desde
donde lo contemplo.
Cierro
los ojos y pienso que todos esos libros significan algo, pero no sé qué. Leídos
o no, suponen algo muy mío pero que no alcanzo a definir. Seguramente si un
extraño revisara detenidamente el contenido de este muro podría dotarlo de ese
significado que se me escapa, descubriría, en el ordenamiento y clasificación
de los tomos, una neurosis muy particular; o mi falta de competencia
lingüística de otras lenguas en las numerosas traducciones que lo habitan; y
sólo acaso descubriría el porqué de los juguetes que pueblan algunas de las
repisas, custodiando los libros en el filo del tablón.
Me
resulta inevitable contemplar cada repisa como nichos inalcanzables, poblados
por dioses construidos de celulosa y tinta, ceñidos en cartoncillo o cartulina
sulfatada, ausentes de movimiento que me miran desde su pequeña patria con ojos
de fuego y dedos acusadores, que me reprenden con una voz monótona como letanía.
Otras veces, simplemente son muertos que conversan y ríen, reímos ante los
hallazgos que de tan evidentes resultan milagrosos. A veces basta con mirar el lomo
para recordar esas voces milagrosas que levantan muertos, que cierran fauces y
que apagan o avivan fuegos.
Confieso
que nombrarlo muro de lamentaciones puede parecer dramático. Lo es. Pero cómo
podría resistir el peso de la visión de este muro inabarcable para la mirada,
para la mía al menos, sin tirarme al drama. Sin embargo, el nombre a la vez me
resulta apropiado dado que este muro es un recordatorio de una lucha con todo
lo que contiene y significa, con aquello que anhelamos y que no conseguimos
aprehender; de la misma forma en que Jacobo luchó con un ángel hasta el alba y
salió con el muslo descoyuntado. Es un recordatorio también de ese último
bastión en pie que re significa cada uno de mis pasos por el mundanal ruido.
Porque a estas alturas del texto, puedo confesar sin pudor que la literatura es
parte importantísima de mi vida, aun a pesar de la continua lucha que supone mi
convivencia con ella, aun a pesar de haber obtenido de ella nada más que el
descoyuntamiento de mi propia visión de mundo. Cada vez que entro ahí, de
alguna forma salgo cojeando, ya sea porque me doy cuenta que me falta mucho por
leer o por lo romo que puede resultar mi entendimiento de eso que llamamos vida.
El
Muro de las Lamentaciones, el original, significa la impotencia del hombre
frente al mundo, a su mundo, su ineficacia para entenderlo bajo sus propios
parámetros, de ahí que acuda al muro, las ruinas que permanecen en pie, a
buscar asideros metafísicos en donde alguna vez habitó lo divino. De la misma forma,
ese muro en la pared oriental de mi estudio evoca la ineptitud para entender el
mundo en el que vivo. Se convierte en un espejo de mis deficiencias y al mismo
tiempo de mis alcances; porque también me muestra que a través del lenguaje
puedo ver y escuchar cosas no vistas o escuchadas, cosas que sólo reflejadas en
mi circunstancia personal de lector pueden suceder.
Muchas
veces tomo de entre los grandes bloques de aire algún libro, lo leo con
asombro, acumulando en los ojos tanta y tanta envidia, y me lamento. Repaso la
marginalia y me doy cuenta de la torpeza de mis lecturas tempranas. Muchas
veces me he sentido perdido entre tantos caracteres de imprenta, como si el
contenido del libro diera fe de la fractalidad del muro laberíntico. Avanzo y
llego a un callejón sin salida, regreso sobre mis huellas invisibles y recorro
el mismo camino pero esta vez más despacio, con los ojos más abiertos hasta
encontrar algo. Y no me molesta perderme entre tantas líneas, sino encontrarme
atrapado y a ciegas.
Otras
veces trato de recrear esos textos con mi propia voz, verso a verso; y me doy
cuenta que mi voz no fue tensada para la poesía, su afinación está más cerca
del sonido hueco de la queja y la plegaria. Pero de vez en cuando, logro
escuchar la voz del que escribe, escondida entre los huecos de mis silencios.
Esos silencios perfectamente afinados en los que resuena la música de las
esferas. Mejor aún, es una voz que se empalma a la mía, que alcanza el tono,
pero no el sonsonete, que mi voz no puede emitir. Escarbo con mi voz en el
silencio hasta encontrar el sonido claro.
No
hay fojas escritas entre las grietas del muro, no hay nada ahí que yo haya
escrito, ni siquiera una oración o ruego. En cambio, hay decenas de hojas que
conforman libros que no he leído y que posiblemente nunca llegue a leer. Es
también un muro de imposibilidades. Un muro que nunca obtendrá el carácter de
construcción terminada, siempre está en constante remodelación y ampliación a
pesar de su fachada monolítica y estatuaria. Si uno se acerca a contemplarlo
detalladamente, parecerá que está hecho de retazos. Las texturas son tan variadas
como los colores. Y cada textura y color delinea y representa un poco lo que
soy.
Muchas
veces me he quedado ahí sentado, contemplando con una gran sonrisa ese muro
blanco que yo mismo he edificado en 12 años, satisfecho de lo que he
construido. A veces recuerdo cómo es que conseguí cada libro que descansa en
las repisas, o cada libro que ya nunca pertenecerá a ese desfile de lomos
porque se perdió en una mudanza o en las manos de algún amigo ingrato. Recuerdo
que hace muchos años, cuando el muro constaba de una sola columna, soñé que,
mientras dormía, se volcaba sobre mí con todo su contenido, y moría sepultado
entre páginas y páginas impresas. No fue una pesadilla, acaso una premonición,
un ruego.
El
librero es mi muro de lamentaciones. Ese es mi gran problema. Un problema
causado por la visión protestante del mundo en la que fui formado, en donde la
palabra escrita es lo suficientemente infalible como para salvarnos o
condenarnos, una sentencia de vida que no es modificable y que debe significar
siempre lo verdadero. Cada línea impresa es para el protestante una metáfora
del camino recto que debemos de llevar como individuos responsables del
bienestar del mundo. Un camino que no acepta paradas contemplativas ni
dobleces, una vida de sintaxis parca y objetiva que no admite interpretaciones
alternas. De ahí la manía de dejarme vencer por esas palabras mentirosas que no
llegan a ningún lado, aunque termine lamentándome cada noche frente al muro.