jueves, 7 de febrero de 2013

Intuiciones bizantinas


Confieso que soy cobarde para escribir. Me resulta demasiado grave como para tomarse tan a la ligera. Cómo no temerle a la escritura que todo lo fija. Tendríamos que ser demasiado ingenuos para creer que lo que escribimos quedará exento de caducidad, en ese espacio tan reducido en donde habitan las verdades y certezas. Eso es lo que me atemoriza. Me aterra pensar que lo que escriba hoy me parecerá absurdo a la primera relectura. La mayoría de las veces me muevo a tientas sobre el teclado o el cuaderno, con la cautela de un ciego que avanza por un espacio que no conoce pero que percibe o intuye, aguzando el oído para cerciorarse, en la medida de lo posible, que eso que intuye no es un engaño, que no da pasos de fe en el vacío.
Escribo y reescribo, tacho palabras y frases hasta encontrar las menos lapidarias, las superficies menos firmes, las que difícilmente pueden calificar como verdades absolutas o certezas inamovibles en el discurso. Por esto mismo trato de no escribir a mano, pues un cuaderno grueso me resultaría insuficiente para esbozar apenas un párrafo, me causaría un tremendo remordimiento tanto desperdicio de hojas tachadas. Lo peor es que el temor a escribir verdades se vuelve muchas veces una pesadilla al releer el texto que, irónicamente, pareciera dictar cátedra desde la página blanca.
            Escribo temeroso porque temeroso me muevo por el mundo, porque lo pienso a tientas. Cada idea que surge en mi mente (o mejor dicho que anida, porque pensar la mente como un ojo de agua del que nacen las ideas me parece demasiado soberbio) es sopesada buscando defectos y virtudes como la fruta que se aprieta y se acaricia en el mercado para ver si está verde o madura. La pienso desde todos los ángulos que se me ocurren, esperando que encaje en una relojería argumental que al final resultará un adorno inservible en la vitrina. Intuyo que las ideas no son engranes que se correspondan funcionalmente, ni siquiera las ideas que pertenecen a un mismo campo semántico, nosotros las limamos de los cantos o las superficies para que más o menos trabajen adecuadamente por un tiempo, hasta que den de sí y terminen rompiéndose o rompiendo a las demás.
De pronto se me ocurre (soy un escritor de puras ocurrencias, porque no me interesa buscar la comprobación académica de lo escrito) que así es eso que llamamos pensamiento crítico. Pero inevitablemente dudo. ¿Qué es la crítica entonces? Y al pensar en la crítica es inevitable que me venga a la mente el término creación (en ambos casos, pienso en términos literarios). Y al hacerlo, pienso también en los innumerables pleitos entre “críticos” y “creadores” (así con comillas), y en las inabarcables certezas que defienden como propias unos y otros, como queriendo expropiar un terreno que por derecho le pertenece a ambos bandos. Cuál es el fin de esos pleitos maritales que no terminan por definir quién provee el gasto y quién compra el mandado. No es sino una impostura miope que no se da cuenta que tanto la crítica como la creación están ligadas y que son inseparables; que en ambos casos se trata de una forma de ver el mundo, y no de un exclusivo gremio artístico que se debe defender con pericia (o torpeza) burocrática, con el fin de mantener sin tacha la actividad defendida. Parece que la pureza de sangre gremial les resulta mucho más importante que la misma materia de la que están hechas unas y otras: la literatura (o eso que llamamos literatura).
            Qué es la crítica sino crear y resaltar redes comunicativas o interpretativas que antes eran imperceptibles. Qué es la creación sino la crítica y renovación de lo que nos rodea, expresada con un lenguaje determinado. Y mucho más. Porque intentar definir estas dos actividades me provoca cierto escozor, ya que al diseccionar algo tan complejo sólo se termina por mutilarlo. Presiento que en la medida en que una y otra logren mezclarse imperceptiblemente, y no simplemente trabajar como la maquinaria de un reloj, es que se volverán más enriquecedoras. Una y otra nos enseñan a ver más allá de los límites inevitables de la obra artística, se alimentan una a otra para hacerse más robustas y complejas. Una y otra son lo suficientemente abiertas para dejar que nos movamos con libertad crítica y creadora.
            Recuerdo cuando entré a la secundaria y los maestros de las distintas clases se presentaban ante el grupo, haciendo hincapié en la importancia de la materia que impartían; el de matemáticas declaraba arrogantemente que sin esa noble ciencia, ninguna de las demás disciplinas podría demostrar sus teorías; el de física argumentaba que las matemáticas eran sólo un instrumento que daba sentido a la verdadera explicación del mundo a través de la física; el de química decía que como todo estaba hecho de elementos químicos, la ciencia madre era el estudio de estos elementos; el de biología decía que en realidad lo que importaba era explicar cómo el hombre se desarrolló y se volvió capaz de crear las otras ciencias; el de español decía que nada podría ser inteligible o explicable si no entendíamos que el lenguaje era la llave que nos abría el mundo, etc. Al final del primer día, los alumnos inocentes nos quedábamos con una visión del conocimiento limitada por el horario de las clases. Las certezas y verdades suelen provocar eso: límites y fronteras que reducen todo a silogismos y cuadros sinópticos. Y aunque uno quisiera transitar libremente entre lo que aquellas fronteras separan, a la larga nos topamos con límites que simplemente son insalvables por excluyentes.
Con el ejercicio de la crítica y de la creación pasa lo mismo. No es difícil llegar al punto en el que la liturgia de ambos oficiantes se vuelve irreconciliable. Y no hay nada de malo en ello, el problema está en tratar de calificarlas para saber cuál es más artística o más intelectual, o cuál es más importante. Peor aún, cuando unos y otros se esfuerzan por maquillarlas con los afeites de la otra y obligarlas a actuar como lo que no son. No se trata de ajustarlas, limando aquí y allá, en un canto o en una superficie, hasta crear una colaboración mecanizada y forzosa, sino de aceptar las ventajas y desventajas de cada una de ellas y aceptarlas como se aceptan los ronquidos de la persona con quien se comparte el lecho. Porque al final se trata de eso que amamos y cultivamos con el cuidado del miniaturista, de eso que llamamos literatura.
Un renombrado escritor decía que él se desayunaba a sus críticos. La frase además de arrogante me resulta de una inmadurez escritural del tamaño de una catedral. Enojarse con la crítica es una pérdida de tiempo, en lugar de eso, deberían enfadarse con la propia falta de pericia creativa o técnica para expresar algo. En lugar de manducarse a sus críticos, Fuentes (ups, se me escapó) debió reflexionar sobre su quehacer creador de los últimos 20 años, cuando menos, y darse cuenta que estaba chocheando literariamente.  Lo mismo pasa cuando un crítico se ofende porque a sus textos los califican de académicos o puntillosos. Sin caer en psicología de salón de belleza, pareciera que tanto críticos como creadores buscan la aceptación del bando contrario, aunque lo nieguen, y de ahí su enojo al no tenerlo. En cualquier caso, la respuesta del agraviado termina en un “este hombre no entendió mi obra”, o un lugar común como  el “qué idea tan peregrina”.
Yo mismo he caído en la impostura de cada bando, vituperando al otro, defendiendo al compadre, titubeando entre ambos lados de la escritura, acaso intentando unirlos sin saberlo, reproduciendo en la cobarde escritura mi andar a tientas por la literatura, con la intuición del ciego que camina por el mundo, aguzando el oído para no perderse.

martes, 28 de agosto de 2012

El muro de las lamentaciones



He desarrollado una manía desde que mi estudio empezó a tomar forma, consiste en sentarme casi todas las noches frente al gran librero que descansa (a veces pienso que sostiene) en la pared oriental de la habitación. Aunque debo matizar esta oración, porque ni es un gran librero ni tampoco está en un estudio: es apenas un mueble que alberga menos de un millar de tomos, dentro de un cuarto con un sillón y un par de mesas plegables que nadie ocupa; se trata, pues, de un cuarto de tiliches, tiliches literarios. Ese librero es mi propio muro de las lamentaciones. Está ahí para recordarme mi condición de vencido, lo que queda de un sueño de divinidades ausentes. Aunque es también el vestigio de un pacto hecho desde el momento mismo en que comencé a edificarlo. En ocasiones se muestra tan alto, tan infinito; otras simplemente está ahí como cualquier otra cosa de mi entorno, dotado de tanta indiferencia como el sillón desde donde lo contemplo.
Cierro los ojos y pienso que todos esos libros significan algo, pero no sé qué. Leídos o no, suponen algo muy mío pero que no alcanzo a definir. Seguramente si un extraño revisara detenidamente el contenido de este muro podría dotarlo de ese significado que se me escapa, descubriría, en el ordenamiento y clasificación de los tomos, una neurosis muy particular; o mi falta de competencia lingüística de otras lenguas en las numerosas traducciones que lo habitan; y sólo acaso descubriría el porqué de los juguetes que pueblan algunas de las repisas, custodiando los libros en el filo del tablón.
Me resulta inevitable contemplar cada repisa como nichos inalcanzables, poblados por dioses construidos de celulosa y tinta, ceñidos en cartoncillo o cartulina sulfatada, ausentes de movimiento que me miran desde su pequeña patria con ojos de fuego y dedos acusadores, que me reprenden con una voz monótona como letanía. Otras veces, simplemente son muertos que conversan y ríen, reímos ante los hallazgos que de tan evidentes resultan milagrosos. A veces basta con mirar el lomo para recordar esas voces milagrosas que levantan muertos, que cierran fauces y que apagan o avivan fuegos.
Confieso que nombrarlo muro de lamentaciones puede parecer dramático. Lo es. Pero cómo podría resistir el peso de la visión de este muro inabarcable para la mirada, para la mía al menos, sin tirarme al drama. Sin embargo, el nombre a la vez me resulta apropiado dado que este muro es un recordatorio de una lucha con todo lo que contiene y significa, con aquello que anhelamos y que no conseguimos aprehender; de la misma forma en que Jacobo luchó con un ángel hasta el alba y salió con el muslo descoyuntado. Es un recordatorio también de ese último bastión en pie que re significa cada uno de mis pasos por el mundanal ruido. Porque a estas alturas del texto, puedo confesar sin pudor que la literatura es parte importantísima de mi vida, aun a pesar de la continua lucha que supone mi convivencia con ella, aun a pesar de haber obtenido de ella nada más que el descoyuntamiento de mi propia visión de mundo. Cada vez que entro ahí, de alguna forma salgo cojeando, ya sea porque me doy cuenta que me falta mucho por leer o por lo romo que puede resultar mi entendimiento de eso que llamamos vida.
El Muro de las Lamentaciones, el original, significa la impotencia del hombre frente al mundo, a su mundo, su ineficacia para entenderlo bajo sus propios parámetros, de ahí que acuda al muro, las ruinas que permanecen en pie, a buscar asideros metafísicos en donde alguna vez habitó lo divino. De la misma forma, ese muro en la pared oriental de mi estudio evoca la ineptitud para entender el mundo en el que vivo. Se convierte en un espejo de mis deficiencias y al mismo tiempo de mis alcances; porque también me muestra que a través del lenguaje puedo ver y escuchar cosas no vistas o escuchadas, cosas que sólo reflejadas en mi circunstancia personal de lector pueden suceder.
Muchas veces tomo de entre los grandes bloques de aire algún libro, lo leo con asombro, acumulando en los ojos tanta y tanta envidia, y me lamento. Repaso la marginalia y me doy cuenta de la torpeza de mis lecturas tempranas. Muchas veces me he sentido perdido entre tantos caracteres de imprenta, como si el contenido del libro diera fe de la fractalidad del muro laberíntico. Avanzo y llego a un callejón sin salida, regreso sobre mis huellas invisibles y recorro el mismo camino pero esta vez más despacio, con los ojos más abiertos hasta encontrar algo. Y no me molesta perderme entre tantas líneas, sino encontrarme atrapado y a ciegas.
Otras veces trato de recrear esos textos con mi propia voz, verso a verso; y me doy cuenta que mi voz no fue tensada para la poesía, su afinación está más cerca del sonido hueco de la queja y la plegaria. Pero de vez en cuando, logro escuchar la voz del que escribe, escondida entre los huecos de mis silencios. Esos silencios perfectamente afinados en los que resuena la música de las esferas. Mejor aún, es una voz que se empalma a la mía, que alcanza el tono, pero no el sonsonete, que mi voz no puede emitir. Escarbo con mi voz en el silencio hasta encontrar el sonido claro.
No hay fojas escritas entre las grietas del muro, no hay nada ahí que yo haya escrito, ni siquiera una oración o ruego. En cambio, hay decenas de hojas que conforman libros que no he leído y que posiblemente nunca llegue a leer. Es también un muro de imposibilidades. Un muro que nunca obtendrá el carácter de construcción terminada, siempre está en constante remodelación y ampliación a pesar de su fachada monolítica y estatuaria. Si uno se acerca a contemplarlo detalladamente, parecerá que está hecho de retazos. Las texturas son tan variadas como los colores. Y cada textura y color delinea y representa un poco lo que soy.
Muchas veces me he quedado ahí sentado, contemplando con una gran sonrisa ese muro blanco que yo mismo he edificado en 12 años, satisfecho de lo que he construido. A veces recuerdo cómo es que conseguí cada libro que descansa en las repisas, o cada libro que ya nunca pertenecerá a ese desfile de lomos porque se perdió en una mudanza o en las manos de algún amigo ingrato. Recuerdo que hace muchos años, cuando el muro constaba de una sola columna, soñé que, mientras dormía, se volcaba sobre mí con todo su contenido, y moría sepultado entre páginas y páginas impresas. No fue una pesadilla, acaso una premonición, un ruego.
El librero es mi muro de lamentaciones. Ese es mi gran problema. Un problema causado por la visión protestante del mundo en la que fui formado, en donde la palabra escrita es lo suficientemente infalible como para salvarnos o condenarnos, una sentencia de vida que no es modificable y que debe significar siempre lo verdadero. Cada línea impresa es para el protestante una metáfora del camino recto que debemos de llevar como individuos responsables del bienestar del mundo. Un camino que no acepta paradas contemplativas ni dobleces, una vida de sintaxis parca y objetiva que no admite interpretaciones alternas. De ahí la manía de dejarme vencer por esas palabras mentirosas que no llegan a ningún lado, aunque termine lamentándome cada noche frente al muro.

martes, 14 de agosto de 2012

De otro fue la palabra, antes que mía,


De otro fue la palabra, antes que mía,
que es el espejo de esta sombra y siente
el ruido, a este silencio, transparente;
la realidad, a esta fantasía.

Siento en la boca su substancia fría,
dura, enemiga de la voz y ausente;
poseída por otra diferente,
no estar, para esta sed, sino vacía.

Y aun esta sed que soy, obscura y vaga,
crece tras la otra sed, que no se apaga.
De avidez la avidez nutre su sombra

al hallarla en el ruido que la nombra
y en el oído oye crecer su hueco,
a sí mismo cavándose en el eco.

 Jorge Cuesta

jueves, 26 de julio de 2012

Un lugar común sobre Faulkner



Hace unos días asistí a una breve conferencia sobre el aniversario luctuoso de William Faulkner, que este año llega al medio siglo. Durante el trayecto de regreso estuve pensando lo difícil que debe ser estar en una situación como la de los ponentes. Leer a Faulkner y hablar o escribir sobre él supone un reto grande en muchos aspectos, aunque esto es mucho decir: en realidad, no hay nada que marque canónicamente en qué consiste la dificultad de una lectura, cualquier autor puede resultar fácil o difícil en relación al lector, de la misma forma en que una lengua puede resultar fácil o difícil de aprender para un hablante. En ese sentido, Faulkner podría resultar fácil para alguien más, alguien que no soy yo, por cierto. Pero ya es tópico de la crítica literaria afirmar que su lectura es difícil. Recuerdo que cuando entré a la universidad, pocos habían leído algo de él, otros ni siquiera conocían su nombre. Lo mismo cuando entré a la facultad de letras, pero eso no dice nada más que el grupo de personas a mí alrededor era bastante sectario en sus lecturas. A mí eso me resultaba inconcebible dado que la literatura latinoamericana, para tropezar con el lugar común una vez más, le debe muchísimo a Faulkner. Pero regreso a la línea argumental.
Leer la obra de Faulkner no es tarea fácil (para mí), por aquello que todo mundo ya sabe sobre la obra de Faulkner: son confusas, trágicas, a veces melodramáticas, de un estilo complejo construido con interminables enunciados que se vuelven párrafos o páginas enteras, además de que la mayoría son obras extensas. Desde el hecho de decidir cuál leer entre tantas, puede resultar en una gran decepción si no se escoge la indicada. Faulkner dijo casi al final de sus días, que la gente que quisiera leerlo debería empezar por Sartoris, un novelón de 400 páginas. Pero habría que ser bastante ingenuo para creerle a una autor cualquier recomendación sobre su propia obra. Confieso que no he leído toda la obra de Faulkner, apenas unas 6 o 7 novelas y una tercia de cuentos. Acaso un poco más.
Dentro de la narrativa faulkneriana hay obras excepcionales como El ruido y la furia, Mientras agonizo o Las palmeras salvajes; pero también hay intentos fallidos, grandes construcciones de aliento casi épico que pareciera quedaron a medias en la confección como Una fábula o El Villorrio. Pero esto todo mundo ya lo sabe, es un lugar común más. Alguna vez leí que Faulkner está mucho más cerca de la literatura latinoamericana que de la norteamericana por su tono de fracaso constante. Creo que es una afirmación arriesgada, aunque si se toma superficialmente puede resultar cierta. Aquí es inevitable caer en la comparación que siempre se ha hecho entre Faulkner y Hemingway, pareciera que uno de estos dos no puede salir en la plática sin arrastrar al otro. Ante el derrotismo trágico en Faulkner siempre se pone como medida la lucha constante en Hemingway; si uno nos esconde la superficie del iceberg bajo el agua, el otro se encarga de mostrarnos sin pudor hasta el mínimo rizo en el flujo de conciencia. Ante esta comparación siempre he pensado que sería genial poner a estos dos en un cuadrilátero para que resolvieran de una vez por todas cualquier diferencia. Desde luego que Hemingway ganaría, pero estoy seguro que la derrota de Faulkner sería igual de épica. No puedo evitar imaginar a Hemingway subiendo al ring como todo un campeón del pugilismo, con ese cuerpo robusto y tupido de vello, pero boquiabierto al ver a un Faulkner esperándolo en el ring descalzo, vestido de frac y con sombrero de copa. Ambos ahogados de borrachos. Otro lugar común.
Pero leer a Faulkner puede resultar menos complicado si por casualidad se ha tomado la ruta correcta. Desde nuestra latitud literaria es más fácil llegar a Faulkner si previamente hemos hecho escala en Onetti, Fuentes, Lowry o Rulfo, que si las hacemos en Twain, Melville o el mismo Hemingway.
Algo que podría resultar paradójico es que para leer las derrotas faulknerianas se necesita la tenacidad y el empeño de un campeón hermingwayano. Sobre todo cuando el inicio de una obra es tan caótico y hermético como en El ruido y la furia o tan confuso como Santuario. Es eso, o yo soy un pésimo lector. En este sentido aplica lo que Faulkner decía de sus lectores más torpes: si no te fueron suficientes tres lecturas para entender, empieza una cuarta o una quinta. Con todos los libros que he leído de Faulkner me ha sucedido lo mismo, los he tenido que iniciar varias veces antes de poder leerlos hasta la línea final. En ocasiones, leer a Faulkner es tan sedante como leer las genealogías de los libros del Antiguo Testamento. Faulkner decía que para leer a Joyce uno necesita la fe del bautista que se acerca a las sagradas escrituras, y en cierto aspecto pasa lo mismo con él, aunque yo agregaría que además de la fe, se necesita también la diligencia del metodista. Los flujos de conciencia faulknerianos no son cosa fácil, seguir las asociaciones mediante las cuales construye la narración, es como rastrear una serpiente entre las rocas, simplemente no hay pistas ni huellas a la vista. Aunque uno llegue al final del camino que supone el punto final del libro, se da cuenta que no ha conseguido atrapar nada sino el fracaso, es la atracción que ejerce el abismo de la derrota, una suerte de vértigo trágico que nos llama en lo alto de la montaña, o del iceberg si se quiere, para contemplar la masa absoluta de aquello que nos ha hecho desplomarnos al vacío.
En alguna ocasión escuché a un profesor decir que para leer y entender Bajo el volcán de Malcolm Lowry se debía estar borracho de mezcal. Una gran idiotez, lo sé. Pero para entender a Faulkner no se necesita estar ebrio de whisky, la misma derrota de la lectura nos llevará sin dificultad a la botella. Esto explicaría la tonta sentencia sobre Lowry: ese lector nunca lo entendió. La prosa faulkneriana tiene el mismo efecto que la detonación de un arma de fuego: nos aturde en el silencio de un zumbido interno, nos hace caminar a tumbos por la prosa llena de nombres iguales o saltos en el tiempo como si estuviéramos heridos con un perdigón como los que disparan sus propios personajes.
 Si leer a Faulkner supone un reto grande, escribir o hablar sobre él me parece un reto mucho mayor y más peligroso; porque si el reto de la lectura faulkneriana no se consigue, ya no digamos con éxito, sino con la austeridad mínima necesaria; entonces lo que se diga o escriba sobre Faulkner resultará un galimatías plagado de lugares comunes, interpretaciones erróneas y anécdotas biográficas. O bien, se puede aplicar la vieja estrategia del académico mañoso (y mediocre) que apenas comienza su ponencia, opta por desviarse del tema para terminar hablando de aquello de lo que siempre habla, aunque no tenga nada qué ver. Hablar de la obra faulkneriana supone el riesgo de caer en el lugar común o exhibirnos como malos lectores.
Pero el resultado de ese galimatías toca juzgarlo al lector, que a su vez se encontrará ante la dificultad de leer al que leyó a Faulkner, y con la doble dificultad de hablar o escribir sobre Faulkner y sobre lo que leyó o escuchó de aquél que leyó a Faulkner. Como sea, abordar ahora la dificultad que es escribir sobre Faulkner ya no tiene caso porque se acerca cada vez más el final de este texto plagado de lugares comunes y anécdotas biográficas que trata de aportar un par de fierros sobre lo que supone la lectura personal de la obra faulkneriana.

martes, 10 de julio de 2012

Escribir, escribir

¿Cómo retomar un espacio de escritura abandonado hace tanto tiempo?
Desde luego que la respuesta es escribiendo. Reconquistando ese espacio en blanco que nos da vértigo, poblándolo aquí y allá de pequeñas motas de polvo negro.
Es una tarea difícil. La escritura se descubre esclerótica, torpe para evadir los lugares comunes. Sin embargo, escribo, escribo.
De eso se trata al fin y al cabo: escribir.

lunes, 31 de mayo de 2010

Soy un payaso

"Los católicos me ponen nervioso", dije, "porque juegan sucio".
"Y los protestantes", preguntó riendo.
"Me irritan con su manoseo de las conciencias."
"¿Y los ateos?" Seguía riéndose.
"Me aburren porque siempre hablan de Dios."
"¿Y qué es usted, pues?"
"Soy un payaso", dije, "de momento, superior a mi fama..."

Heinrich Böll, Opiniones de un payaso

viernes, 23 de abril de 2010

El día del libro


Hoy es 23 de abril, día internacional de libro y como es costumbre todo mundo empieza a hablar o a pretender hablar de libros aunque difícilmente logren articular correctamente una serie ininterrumpida de sílabas ya no digamos de palabras. Todo mundo anhela entrar al tópico del día de una forma u otra: mostrando por la calle libros que desempolvaron del librero de sus abuelos; publicando tuits sobre su libro favorito de entre los cientos y cientos que no han leído, pero que les gustaría hacer creer a los demás que sí lo han hecho; y así en cada medio que tienen a la mano, literalmente, gritan para ser leídos y mostrar al mundo que existen, aunque sea utilizando una falsa identidad.
No falta quien dirá que “para mí los libros son imprescindibles para lograr entender la vida y desentrañar la realidad última del ser” o “Yo celebro los libros de una forma íntima a través de la caricia de mis ojos en lo secreto de mis aposentos”; o no faltara gente como Anamari Gomís que en cada uno de sus artículos presume tooooodas sus lecturas tempranas y a los autores que conoce, creyendo que con eso podrá ingresar al círculo que le ha sido vedado desde siempre y para siempre: los intelectuales. Pero ya me desvié. Cuál es la razón para convertir los libros en artículo de moda indie, hipster o cualquier movimiento urbano. Pero lo peor es pretender en voz alta para que todo mundo se entere que son agudos lectores de gustos exquisitos (pfff… Borges se queda corto) y hablan con expresiones tomadas de alguien más y utilizan palabras tan impostadas que ni siquiera saben lo que ellas significan convencionalmente, ya no digamos irónica o metafóricamente.
Tal vez muchos no son así, y en verdad aman los libros y el lenguaje sobre todas las cosas, en ese caso se merecen una palmadita en la espalda y una felicitación de su propia conciencia.
Obviamente no pretendo llegar a ninguna conclusión en este post si eso es lo que esperabas, una disculpa; sólo  quiero expresar mi disgusto ante este día en que celebramos un objeto olvidado el resto del año. Feliz día del libro a todos. Y por favor no lean libros, pues al hacerlo se acabarían los lulz que hacen mas llevadera mi existencia.

miércoles, 7 de octubre de 2009

El ruido y la furia


Me acabo de enterar por el blog de Iván Thays que se cumplen 80 años de la publicación de El ruido y la furia de William Faulkner, y la verdad es que no pude abstenerme de postear algo al respecto.
La primera vez que leí la novela fue en la edición de Alfaguara con la traducción de Ana Antón-Pacheco, hace ya unos 9 años. La verdad no recuerdo como llegué a él. Sin embargo, recuerdo claramente la sensación de asombro que me golpeó al leer la parte narrada por Benjy. Creo que releí cada línea de ese capítulo unas 3 veces por lo menos. Todo me confundía. Al terminar el libro mi primer impulso fue empezarlo de nuevo pero desistí a las pocas páginas. Creo que tardé unas 3 o 4 relecturas de todo el libro y mucha bibliografía especializada para más o menos entender algo de lo que ahí está escrito.
Pienso en la cita de Shakespeare de la que está tomado el título y me pregunto si en verdad es una historia contada por un idiota o acaso se trata de un narrador de la estirpe del Quijote, de esos que se hacen pasar por tontos pero que distan mucho de serlo...
Como sea hoy llegaré a casa, suspenderé la lectura en curso y tomaré una vez más el libro para comprobar como decía su autor que "el trueno y la música de la escritura tienen lugar en el silencio".

lunes, 5 de octubre de 2009

Nobel


Ya estamos en el mes de octubre y todo mundo espera ganador del premio Nobel de Literatura, en todas partes leo sobre candidatos, y por supuesto el movimiento de apuestas en Ladbrokes continúa. Lo que me causa mucha gracia es que tal vez de todos los candidatos que aprecen en estos sitios ninguno sea el ganador, pues estamos acostumbrados a que la Academia Sueca nos sorprenda con algún nombre desconocido de una escritora ucraniana que publica libros sobre repúblicas africanas en constante estado de cambio por motivos religiosos y políticos... O algo mucho más absurdo. Sin embargo uno no puede quedarse al margen de tal acontecimiento.
Obviamente preferiría que algún latinoamericano fuera el sorpresivo ganador, sin embargo los candidatos más cercanos y a la vez más improbables son Vargas Llosa y Fuentes. Los dos se encuentran entre mis escritores favoritos, pero dudo mucho que puedan llegar a la ceremonia del 10 de diciembre en Estocolmo.
Así las cosas me quedaría con Murakami o Philip Roth.
Tal vez este jueves den la noticia. Mientras esperemos un poco más.

martes, 22 de septiembre de 2009

Flores o la estética envenenada


Las flores se han convertido con el paso del tiempo en el significante de la belleza física y metafísica del mundo, y aun más: representan una herramienta insustituible de seducción y contentamiento en nuestra educación sentimental; la encarnación de lo divino en un objeto efímero, totalmente corruptible; el catalizador de nuestros recuerdos mas sensuales y más lejanos. Pero esta metáfora moderna, como todo tópico literario (y uso el termino tópico literario como mera forma de descripción conceptual, sin ningún tinte peyorativo), está ya muy manoseada por la escritura y debe aniquilarse y renovarse cada cierto tiempo.
     La novela Flores de Mario Bellatin, subvierte esta asociación semántica y nos propone una estética alterna a través de varias historias que se entrecruzan, y que en apariencia carecen de un eje narrativo: no hay causa y efecto en estos sucesos, pero sí la invitación a contemplar, y acaso a reinventar cada capítulo.
     Cada sección lleva el nombre de una flor: rosas, orquídeas, claveles, cartuchos, tulipanes, etc. En ellas sólo se muestran determinadas imágenes que juntas conforman un todo: una naturaleza muerta en donde cada fragmento es el pétalo de un botón más grande. Detrás de la belleza de cada capullo se esconde la descomposición implícita en toda naturaleza: personajes marchitos de moral mutilada; escritores en busca de prácticas sexuales alternativas; mujeres que intentan desesperadamente convertirse en madres, motivadas por el sentimiento morboso que les provoca la deformidad de un niño; y un hombre al que le gusta relacionarse sexualmente con ancianos.
     Sin embargo, esta moral trastocada de los personajes provoca que los prejuicios del lector caigan en el vacío, porque en la novela no hay moral que resalte, o al menos no la que rige nuestro comportamiento, sino que está más allá de cualquier tipo de censura. Cada personaje ha sido marcado desde antes de nacer por la modernidad decadente que lo condena a vivir una vida desmembrada, pero que, al mismo tiempo, abre nuevas posibilidades de percepción y de placer.
      Pero, ¿qué hay detrás de esta estética en estado de putrefacción?
     Los individuos que en nuestra sociedad son rechazados por su apariencia externa tienen en la novela la capacidad de mostrar algo de belleza, una esperpéntica y convulsa, y es esto lo que nos inquieta. La deformidad se presenta como rasgo común de la sociedad actual: algunos lo son físicamente; otros, mentalmente; otros, emocionalmente. Mejor aún: no hay discriminación hacia ellos más que en los vagos recuerdos de infancia.
     La belleza de la novela es una mutación posmoderna que se plantea en formas estéticas alternativas, que se generan y rigen a sí mismas aunque esto conlleve la perversión radical del canon artístico. No sólo se trata de cierta degradación del concepto tradicional de lo bello, sino de la posibilidad de encontrar en cualquier parte del mundo, en lo terrible y en lo grotesco, un destello que nos asombre y obligue a mirarlo por hiriente que sea, “como si de la contemplación de una flor se tratara”.
     Flores reflexiona sobre la cuestión de la marginación de lo feo y lo anormal; y nos sumerge en un universo estético en el que la discapacidad física y moral está latente en todos y en todo tiempo. A lo largo de la narración existe un diálogo entre la belleza de la prosa y la monstruosidad de lo que se narra, entre nuestra mirada repulsiva y la mirada acostumbrada del narrador: una tensión constante que rebasa la página impresa y provoca una lucha entre la disolución moral de los personajes y nuestros prejuicios a punto de diluirse.
     El lector se siente perseguido y castigado por estas formas alternativas de pensar, actuar y sentir que nunca alteran la conciencia de los personajes. Las minorías repudiadas que se escondían en clósets y mezquitas se revelan en la historia como una parte casi necesaria e indisoluble de nuestra nueva concepción del mundo. “Lo anormal está llamado a convertirse en lo esperado” dice uno de los personajes de la historia.
     Flores se me presenta como una novela que indaga sobre la escritura misma, es una obra de estética envenenada que nos infecta con su idea turbia de belleza, rompe con cualquier posibilidad del canon novelesco tanto en lo formal como en el contenido; renueva el género con una potente dosis de ironía, y lo mete de lleno en la era posmoderna en donde todo, absolutamente todo, es aceptable.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Molino de palabras


Acabo de releer, en el reverso de una de estas hojas recicladas en que escribo el borrador de este texto la interminable lista de molinos que aturden la lectura de “Altazor” de Huidobro; versos-aspas que giran interminablemente hasta perder todo sentido. Giran y giran para desnudarse de ese significado facilón al que estamos acostumbrados, para que a partir de esa des-articulación lingüística se nos revele uno nuevo. Detrás de esos molinos verbales sólo existe un vacio provocado por el uso cotidiano de las palabras, de pronto ya no hay lenguaje ni palabras ni sonidos que expliquen las cosas, porque el lenguaje no dice nada por sí mismo, es sólo una sucesión de sonidos convenientemente ordenados a los que endilgamos milagros o algún significado que tarde o temprano todos aceptamos. Y esa convención en el significado y en la forma es en realidad una metáfora, una forma de explicar miles de características con una palabra nueva que las agrupa, el lenguaje es una gran metáfora compuesta de miles de metáforas.
Cuantos de nosotros no hemos repetido una palabra cientos de veces hasta que de pronto, como por una clase de sortilegio ésta pierde toda significación; la azotamos con nuestra voz hasta que queda exhausta y vacía de toda identidad y sentido; y sólo basta un recuerdo, una vivencia o una contextualización para que resucite llena de vida y de cosas por decirnos.
El lenguaje claro y llano puede ser muy útil para describir mesas, sillas, ciudades no invisibles o galaxias enteras; o para narrar acciones que ejecutan los sujetos sobre los objetos; pero el ser humano es mas que carne y huesos y palabritas que traten de explicarlo; necesita echar mano de ese lenguaje extraño que se subvierte a sí mismo para explicar y sentir lo que una simple convención no puede hacer. Detrás de cada ídolo hay un demonio que ata a los individuos, pero detrás de cada objeto hay una palabra y detrás de ésta otra y otra y otra palabra más que nos liberan siempre de la relación monótona de univocidad lingüística.
La metáfora se esconde de aquellos individuos que solo ven agua en el agua y vino en el vino. Pero a otros les grita para que la descubran. Ella está siempre ahí, latente, esperando surgir de un océano de seres primigenios vistos por primera vez.
El hombre es lenguaje y poesía, dice Octavio Paz en tantos ensayos, sí, pero yo creo que es mucho más; estos sólo expresan una limitada parte de la totalidad de un ser que necesita saberse creador constante de objetos reales o aunque sea lingüísticos que expliquen a los reales y a sí mismo.
No siempre la línea recta en el camino comunicativo es la mejor y la más eficaz, sí es la más rápida, pero ¿quién dijo que lo rápido es lo más disfrutable? Y si es cierto que una rosa es una rosa es una rosa según Stein, también es la rosa increada, metafísica de la moldura del oído villaurrutiana.

martes, 3 de marzo de 2009

¿El sapo provisional?


He de admitir que la idea no es mía. El título se lo plagié a Guillermo Sheridan; aunque me gusta más decir que lo tomé prestado. Durante un curso en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM que imparte el Dr. Sheridan sobre poesía contemporánea o moderna (todavía no se ponen bien de acuerdo las personas que ponen título a los cursos) surgió la idea de hacer un recorrido zoológico a lo largo de la poesía del siglo XX deteniéndose particularmente en la figura del sapo. A partir de ahí alguien propuso un blog con texto e imágenes en donde se transcribirían los hallazgos de los miembros de la comunidad batracia. Por supuesto nadie hizo más que dar los textos famosos de Tablada, Arreola y de algún otro que ahora no recuerdo. Sheridan remató la idea con el título: El sapo provisional. En lo particular me pareció interesante la unión de los elementos en el título: un sustantivo animado frente a un adjetivo que le da carácter efímero. La figura de un animal casi prehistórico dotado con cierto aire de inevitable desaparición. Una moda eventual que no tiene otro fin que el juego de un grupo que busca anclas o ancas en la poesía.
Este blog no está dedicado de forma exclusiva a la poesía. Se trata simplemente de continuar el juego, pues este sapo no aspira a saltar como el salmón. Sino a saltar la vida mientras pasa. Eso y que al abrir este espacio fue el primer título que se me vino a la mente, y cuando a uno se le mete una idea en la cabeza... No pretendo otra cosa que hacerme de un espacio libre, tan libre como yo mismo me lo permita, para la escritura y contribuir a la sobrepoblación de blogs que tanto tienen que decir, con la esperanza ingenua de que a alguien le importe.

lunes, 16 de febrero de 2009

El libro que regresa


Es indescriptible la emoción que nos recorre el cuerpo cuando después de muchos años uno logra tener entre las manos, a cambio de una cierta cantidad de dinero, un libro largamente anhelado. Sobre todo cuando se trata de un libro que por negligencia se nos ha escapado o porque es uno de esos que ya no se publican ni por casualidad; peor aun cuando las dos cosas se combinan: en mi caso se trató de la Obra completa de Juan Rulfo de la Colección Archivos.
El libro lo encontré algo arrumbado en una mesa del Callejón Condesa del centro histórico, ligeramente roto de la pasta, una pequeña cortada en el lugar exacto en que la portada se hace lomo. Ni siquiera tenía escrito en la primera página el precio como acostumbran hacerlo. El tendero, que no era dueño del puesto, lanzó al aire un precio, “Doscientos cincuenta pesos, pero si te lo llevas te lo dejo en doscientos treinta”. El libro me quemaba las manos, mi cartera se helaba un poco en mi bolsillo. Al final el trato se cerró en 200 pesos. Tal vez pagué demasiado, tal vez pagué el precio justo por haberlo dejado ir hace un par de años cuando trabajaba en una librería de viejo, la verdad no lo sé y ahora no me importa pues el tomo ya ocupa un lugar en mis libreros junto a otros libros que han regresado de la misma forma y esperando a otros tantos que tarde o temprano, de algún forma u otra regresarán.

viernes, 13 de febrero de 2009

Un salto de David Miklos


Hace un par de días leí La hermana falsa de David Miklos. No sé cómo ni por qué durante ese tiempo de lectura mi tiempo se hizo un caos, a veces detenido como si me diera la oportunidad de corregir todo, a veces rápido como si las horas sólo tuvieran 29 minutos. El ritmo lento y pausado del libro me exigía una lectura frenética, casi atropellada. Salto tras salto.
Encuentros reales y falsos, encuentros con uno mismo en el rostro de otro. El libro me deja ver lo azaroso de la vida, el engaño en el que vivo al creer que todo termina como debe ser. Pero sigo creyendo. No puedo esperar a leer los libros anteriores a éste con los que Miklos ha saltado al trajín literario. Pero sobre todo no puedo esperar releerlos con la paciencia y el tiempo de un reloj "suspendido de pronto [...] en el punto más alto, en la inflexión de la parábola que recorre su vuelo...".

miércoles, 14 de enero de 2009

Los Contemporáneos, ayer y hoy


El número correspondiente al mes de enero de la revista Letras Libres tiene una serie de artículos dedicada al grupo de Contemporáneos, o al menos a los poetas que integraron el núcleo principal de dicha agrupación en desbandada. El apartado sobre Jorge Cuesta, escrito por Rafael Lemus hace referencia al libro de Guillermo Sheridan, Los Contemporáneos, ayer, como un libro estupendo. Guillermo Sheridan le contesta a través de su blog, El minutario, que considera ese libro como uno “desaliñado y mal escrito”, y al leer este comentario puedo imaginar a Sheridan chasqueando la lengua peyorativamente como sólo él sabe hacerlo.
En lo personal creo que ambos exageran. Exagera Rafael Lemus porque el libro es apenas una iniciación a la poesía de Los Contemporáneos, si acaso tal poesía se puede agrupar aunque sea por el nombre de la revista. Si bien es cierto que el libro es bastante ágil de lectura, esa misma agilidad apresura el tratamiento de ciertos aspectos en la obra de cada integrante.
Por otro lado, Sheridan exagera porque su libro es importante dentro de la literatura mexicana, no es el mejor que se ha escrito sobre estos poetas, pero sí es el único que ha logrado con bastante éxito dar un panorama general de ellos, desde su conjunción hasta su inevitable fuga a principios de los años treinta.
Después de Los Contemporáneos, ayer, sólo existen estudios por separado de cada uno de ellos. Todos los escritores que han publicado libros, artículos, ensayos o biografías sobre “el grupo sin grupo”, posteriores a Los Contemporáneos, ayer, le deben a Sheridan la enorme brecha abierta.
Yo pertenezco a una generación posterior a la de Lemus y creo que el libro de Sheridan es el medio más inmediato para acercarnos a Los Contemporáneos. Hay muchos otros libros como los de Quirarte, Segovia, Arredondo, el mismo Paz, etcétera, que son muy importantes; pero Los Contemporáneos, ayer conjunta de cierta forma todos los estudios dispersos que se publicaron antes que éste.
Si Guillermo Sheridan dice que es un libro mal escrito, está bien; eso nos asegura de su parte mejores estudios sobre el grupo Contemporáneos; si Rafael Lemus dice que es estupendo mucho mejor porque le da crédito a uno de los mejores investigadores que tenemos sobre el tema. Lo importante aquí es que existe una continuidad generacional de interés y de investigación sobre las figuras importantes de nuestra poesía.

martes, 11 de noviembre de 2008

Carlos Fuentes: 80 años


Escribir sobre Carlos Fuentes en este mes en que se celebra un homenaje nacional por sus 80 años es prácticamente inevitable. En las mesas de novedades de las librerías veo su nombre, en los estantes de revistas encuentro su foto, en la televisión su mano con el dedo índice deformado sobre un icónico teclado de máquina de escribir casi me señala. Así que cediendo al ineludible lugar común del mes en materia literaria me propongo escribir unas enjutas líneas sobre Fuentes.
En primer lugar he de decir que debo a uno de sus libros mi total afición y luego la decidida profesionalización en la literatura. Carlos Fuentes me parece más que un escritor cosmopolita que integra las estrategias narrativas más modernas de la mitad del siglo; es más que un personaje que no conoce la mesura al hablar de temas políticos; es mucho más que uno de los escritores más importantes vivos del México actual. Es el modelo de escritor que se atreve, como diría Faulkner, a fracasar en el intento de escribir novelas, y paradójicamente, al igual que Faulkner, logra escribir obras maestras dignas de la envidia de cualquier joven o experimentado escritor, así como otras dignas del olvido más infalible. No tiene miedo a la crítica al publicar cada nueva obra, sino que alimenta su ferocidad con la altanería de quien asume su talento con orgullo. No teme seguir derroteros ya manoseados o abandonados por otros escritores, y pienso en Los cuadernos de Aspern, Tristram Shandy, Manhattan Transfer o la Celestina y Don Quijote; no teme retomar su propia obra y sumergirse hasta las últimas consecuencias aunque éstas lleven el ridículo de por medio.
Carlos Fuentes y su obra se revelan como el ejercicio mismo de la escritura: palabras a un tiempo prístinas y turbias, hinchadas de significado pero llenas de significante común, destellos que se asoman de un mar turbio y verdoso para decirnos sólo eso: palabras, escritura.

viernes, 10 de octubre de 2008

Tú, el último lector

Una de las características particulares del lenguaje del hombre es la capacidad de hablar reflexivamente de sí mismo. El lenguaje es una gran metáfora, toda palabra es una forma de expresar y representar la realidad, una manera de aglutinar en un solo signo un listado de características. La autorreferencialidad lingüística surge ante la necesidad de explicar este sistema de metáforas que llamamos lenguaje. La conciencia que tenemos como hablantes de este sistema de signos nos obliga a reflexionar sobre el acto mismo del habla y sobre el medio y la materia de la que echamos mano para hablarlo.
La literatura, cuya materia prima es el lenguaje, aunque con fines que van más allá de la simple comunicación, también participa de esta peculiaridad llamada metalenguaje. Sin embargo, esta autorreferencialidad se bifurca en muchos caminos debido a la ubicuidad y pluralidad de la experiencia literaria: la metaficción, la metatextualidad, la metalectura, etc., todas ellas parten de un mismo principio: la capacidad del lenguaje, en este caso del texto o del acto de leer, de hablar de sí mismo.
Pero para evitar confusiones casi metafísicas diremos que la metaficción o la noción de metaficción o metatexto alude, según Genette, a la condición narrativa de autorreferencialidad, de la mirada del relato sobre sí mismo, de la inserción en el texto narrativo de las propias preocupaciones por el estatuto de la narrativa, el acto de la escritura, los limites de la ficción y de la referencialidad. Se trata de toda narrativa que se interroga sobre la naturaleza de la escritura, ontología o estructura de la narrativa, en particular de aquella narrativa que habla sobre sí misma y el discurso que aborda su propio acto de enunciación.
Por otro lado, la metaficción surge, según Dotras, con el comienzo de la autoconciencia del acto de la escritura y se caracteriza por la presencia de la doble preocupación sobre el proceso de creación narrativa y sobre las relaciones entre verdad y ficción. Esta estrategia narrativa no se limita a reflexionar sobre el texto de una manera sencilla o superficial, sino que a partir de la hiperbolización, minimización, subversión y tematización, todas formas de metaficción según Zavala, aplicables a los elementos del discurso literario (titulo, inicio, tiempo, espacio, narrador, personajes, lenguaje, genero, intertexto y final) se pueden obtener más de cincuenta estrategias de metaficción literaria, muchas de las cuales pueden coexistir en un mismo texto literario.
Ahora bien, en la literatura mexicana la metaficción no es cosa novedosa, mucho menos en una novela de principios del siglo XXI como lo es El último lector de David Toscana. Las estrategias metaficcionales se han llevado hasta las últimas consecuencias sobre todo en lo referente a la escritura como es el caso de “El grafógrafo” de Salvador Elizondo. Encontramos desde citaciones textuales apócrifas al estilo borgiano, parodias o simulaciones de géneros literarios, tematización del lector que reconstruye lo que lee, puestas en abismo, etcétera; todo con el fin de confundir la ficción con el acto de ficcionar y estos dos con la realidad. Pero paradójicamente estas confusiones logran resaltar la reflexión inherente sobre el lenguaje y cómo éste construye y reconstruye la vida del hombre; porque dentro de toda metaficción existe una autocrítica en la medida en que esta estrategia narrativa revalora y recodifica lo ya mencionado o creado. Y aunque la mayoría de las veces esta autocrítica se mueve en el aspecto lúdico y en la experimentación siempre deja visible su motivo original: la crítica del lenguaje y de los mecanismos que utilizamos para articularlo, metafóricamente.
Y ya entrados en materia, El último lector no es sino la expresión de esta crítica de la literatura a través de la literatura misma, no sólo en aspectos formales y de construcción sino de todo aquello que rodea al fenómeno literario incluyendo al lector mismo. La mayoría de las obras metaficcionales ejercen una crítica hacia adentro, hacia el acto de escribir por parte del autor; pero pocos se habían arriesgado a dejar a un lado la flagelación metaficcional y echar el tigre al otro lado de la página. La novela de Toscana no es una caja china que implota hacia adentro para encontrar nuevas cajas contenedoras de problemas narrativos y ficcionales, no; la novela se desentiende de sí misma, de su historia sin más originalidad que la de una muerte infantil de la que nunca sabemos la causa o el ejecutor sino a través de la explicación que da la literatura misma y más que la literatura, la experiencia literaria o historial de lectura de un bibliotecario desempleado; digo que la novela se desentiende de sí misma y se abandona metaficcionalmente en las manos de su lector para que éste, al igual que el bibliotecario desempleado, sea quien reflexione sobre el acto de ficcionalizar y los límites entre la literatura y la realidad, lo que sea que estos dos términos signifiquen en su mente.
Este ultimo lector del pueblo, bibliotecario desempleado, explica todo por medio de los libros que ha leído, no se cansa de buscar intertextualidades entre la vida del pueblo y la literatura. Literatura obviamente ficticia (que literatura no lo es) o apócrifa creada por el autor.
Este hombre, Lucio, dictamina qué libros son buenos y cuales no, como si ostentara una placa o credencial de agente de la policía del buen gusto literario. Me pregunto si en algún momento de la historia cultural se publicó en alguna revista especializada una cédula que dice que la gente “culta” tiene el poder para decidir cuales libros son buenos o malos para leer. Esta actitud lo convierte en un viejo inquisidor disfrazado de intelectual muerto de hambre armado con los argumentos de malas historias o personajes pobremente construidos y desarrollados. Me parece claro que el autor utiliza a sus propios personajes para ejercer una metacrítica (si se me permite el uso del neologismo) o acaso un simulacro de crítica textual no hacia su propio texto sino hacia el género novelesco y al lector de tales historias. Cuantas veces no hemos caído en la tentación como lectores impostores de recomendar o censurar un libro o a un autor. Utilizamos nuestro curriculum lectorum vitae (perdónenme el estúpido latinajo), nuestra reputación de hombres de letras para decidir sobre el gusto de los demás.
Pero también existe en El último lector una crítica a la realidad misma, a la forma en cómo la vemos y en cómo la confundimos con la ficción. De pronto intercala textos supuestamente literarios que a veces se descubren por su excesiva artificialidad pero en otras son de un estilo tan pulcro y sencillo que nos engañan y nos hacen creer que se trata del narrador de la novela. Lucio se convierte en un nuevo Alonso Quijano que mira en la realidad todas esas historias noveladas, con la diferencia que éste nativo de Icamole nunca deja de ver y sentir lo miserable de su vida y encuentra en estas adaptaciones y simulacros entre realidad y ficción una oportunidad de vivir de nuevo. Tal vez no una vida propia pero si una diferente y poco monótona.
La literatura lo condenó y redimió al mismo tiempo a vivir y experimentar ambos lados de la divisa: la ficción y la realidad.
Por todos lados de la novela el personaje reflexiona sobre su propia experiencia como lector y de paso sobre la novela como género, habla de los escritores malos que describen vinos y platillos con términos extranjeros, critica finales y personajes y hasta la convencionalidad del signo lingüístico, todo con la finalidad de encontrarse él mismo en alguna de las historias que lee, de reconocerse como lo haría frente a un espejo sin vaho, reconocerse él tal y como es pero en una mejor situación, sin ningún tipo de miseria que lo alcance. Reconocerse como último lector viudo de un pueblo en plena sequía con un hijo enrollado en un lío de cadáveres infantiles. No le importa lo que la literatura le depare en la vida real, ni que la realidad lo deje de sorprender en la literatura. Al final decide hacer su propia historia con la pedacería literaria de la biblioteca: toda la tradición literaria nos ayuda a crear nuestra propia tradición, cada lectura es una pieza más, un pequeño fragmento de nuestra vida novelada. Pero lo mejor es que al final, Lucio como Quijote moderno se sabe material de lectura y como tal sabe que está condenado a repetir interminablemente, acaso con leves variaciones producto de las distintas lecturas de quienes lo leen, la miseria de una vida sepultada en la literatura.
La novela nos pone ante el vacío de la ficción-realidad, cuestiona con ironía, y acaso metaironía, las capacidades de la literatura y del lenguaje mismo. La conciencia de Toscana como escritor, lector y hablante nos revela que todo es metáfora porque todo es lenguaje, que la experiencia de la lectura y la parodia de tal experiencia nos descubren espacios infinitos en la narrativa y en la realidad, nos aguijonean cuando nos adormilamos en lecturas simples y anecdóticas.

martes, 7 de octubre de 2008

La crítica o el deseo


Toda renovación pretendida debe comenzar con una crítica de los valores establecidos vigentes; en lo político, en lo social, en lo cultural y en lo artístico todo nuevo movimiento siempre está precedido por una crítica al lenguaje y al discurso que predomina e intenta convencernos en ese momento de la efectividad de sus propias ideas. En la literatura específicamente sucede lo mismo, todas las corrientes o contracorrientes surgen a partir de la puesta en duda de las formas y usos del canon escritural en boga.
En el siglo XX si bien es cierto que más bien hay una asimilación en lugar de una negación, la actitud crítica permanece como hilo doctrinal en todas las formas o expresiones literarias de occidente. Proust, Kafka, Joyce, Robbe-Grillet, Perec, Broch, Faulkner, Rulfo, García Marquez, Dos Passos, Pound, Paz, Borges, Elliot, etcétera; plantean su obra desde el punto central de la literatura: la crítica, no sólo social o cultural, sino desde el lugar neurálgico de la literatura misma, es decir, el lenguaje.
Es en este sentido que la obra de Elfriede Jelinek sobresale a finales de la centuria. Su novela Deseo no tiene una gran historia, de muchos personajes o de complejas situaciones anecdóticas, pero la estructura de la novela, la forma en cómo está contada y la materia de la que está hecha son las que provocan en el lector reacciones que pocas veces se suscitan al leer un texto.
Sin embargo, la crítica de Jelinek en su novela se extiende a lo social, a lo político, a lo económico y a lo cultural recorriendo sigilosamente, a veces escandalosamente, cada aspecto de la vida humana, haciendo una concienzuda parada por la sexualidad. Muchas mujeres se quejan porque los hombres sólo piensan en sexo, pero no se dan cuenta de que para ellos no hay otra cosa en qué pensar, Jelinek advierte muy bien esta característica masculina y la explota de forma magistral. La crítica de Jelinek surge desde el sexo hacia el exterior para regresar de nuevo a la sexualidad humana cargada ya de todas las significaciones del mundo exterior y de ciertas formas ajenas a él. La crítica se amalgama de tal forma al lenguaje en la novela de Jelinek que se vuelven inseparables para que juntos como una sola cosa, construyan una realidad sórdida que de momento nos parece irreal, totalmente cuestionable pero que nos constriñe en algún punto de la conciencia.
Es interesante detenernos en el aspecto central de la novela: la sexualidad. Jelinek ejerce una mordaz crítica a partir de las relaciones intimas de una pareja; parte de lo totalmente privado y comienza a escalar cada estructura o institución social hasta llegar a un punto en que todo confluye: política, economía, sicología etc. Desnuda a través de las prácticas sexuales de un matrimonio acomodado de una sociedad burguesa cada resquicio del corazón del hombre, no hay nada oculto que no haya de ser manifestado. Jelinek toma de pretexto el deseo sexual del hombre para mostrarnos que, en realidad, todos somos objetos de deseo y sujetos que desean, todos somos victimas de una condición humana ineludible y victimarios encarnados de sujetos que pertenecen a esa misma condición.
El lugar desde el que Jelinek despoja al género humano de toda humanidad es la sexualidad. El acto sexual es para los hombres signo de intimidad, de comunión, de religión en el sentido de estar ligado a alguien, de pertenecerle y que nos pertenezca. La relación coital está supeditada al placer físico y emocional del hombre, al menos en un contexto general y bastante común. A la vez que se desea y se ejerce voluntad sobre otro ser de las mismas capacidades, también hay un deseo de abandono total al otro. Ahora, esta actividad tan gratificante y necesaria siempre ha estado marcada por diversos tópicos literarios, la mayoría de las veces de carácter estético positivo, aunque hay que decir que no faltan ejemplos de literatura que ejemplifiquen lo contrario, es decir, lo grotesco y lo "alternativo". El asunto se idealizó a través de la literatura, el cine, la pintura y la escultura de tal modo que se volvió el sueño de todo hombre. Jelinek subvierte totalmente esos valores, tanto los positivos idealizados como los absurdamente negativos, la autora los trivializa y los dota de una carga significativa de cotidianidad que despoja al sexo de cualquier encanto y lo rebaja al nivel de cualquier actividad o deber marital y social, al punto de la simple negociación conyugal. Las metáforas y comparaciones que Jelinek utiliza para hacer referencia al coito son sorprendentes no por su belleza, sino por el ingenio con el que están construidas, son imprevistas, totalmente iconoclastas.
El narrador o los narradores de pronto carecen de todo juicio valorativo, y de pronto son duros contra ciertos aspectos éticos como la presión del Director de la fábrica de papel sobre sus empleados, o el sistema capitalista en que están sumergidos los habitantes del pueblo. Pero siempre ahoga la posibilidad de queja de sus personajes. El deseo de cada uno de ellos los obliga a ser permisibles con su medio. La mujer aguanta las violaciones de su marido porque le compra cosas nuevas cada vez; el niño aguanta y a veces hasta participa del espectáculo sexual de los padres para que lo llenen de juguetes y artículos para los deportes sobre nieve, y así cada uno de ellos en menor o mayor medida dejan que su libertad sea traspasada a cambio del cumplimiento de sus deseos.
La crítica de Jelinek a nuestra condición actual se asoma por todas partes, se desliza sobre el lenguaje y se vierte sobre el género mismo. Porque la novela de Jelinek no sólo es una de denuncia social, política o cultural, es también una denuncia por sí misma a las viejas formas de hacer novelas, y eso creo es el mayor acierto del libro. En el aspecto estructural es una novela bastante compleja que le exige al lector romper sus fortalezas mentales y sus prejuicios al momento de acercarse al texto, nos obliga a dejar las viejas formas de leer y entender una obra, para acercarnos a una visión más abierta y de mayor calidad subjetiva. La autora nos muestra sus cartas como si nos mostrara su sexo, no le importa exhibirse ni desmitificar el género de escritura con tal de renovarlo. Ella niega y a la vez asimila la tradición literaria que la precede, va más allá de la negación y de la asimilación de influencias literarias, aunque eso no quiere decir que no las tenga, y propone la fragmentación y la multiplicidad, que parten de la asimilación y de la negación, de todos los elementos del género que aborda. La novela agoniza con gran vitalidad para entregarnos una clase de vástago deforme que se adecua muy bien a los tiempos que vivimos. Jelinek critica y desea, no deja de lado una para asumir la otra; no, las vuelve un solo elemento para ejercer libremente su personalidad y su genio en una tradición canónica que al trazar los derroteros aceptables impedía que se juntaran.